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martes, 23 de noviembre de 2010

Mozart

En 2009 visité Sant Gilgen, a orillas del lago Wofgang, que entre otras cosas, le presta el nombre a nuestro protagonista. Está en la región de los lagos austríacos, camino de Salzburgo, donde nació el genio. En cuanto uno transita por sus calles o pierde la vista en las enormes extensiones de agua, cuando se recrea en la belleza imposible de la zona, se da cuenta que en efecto, los genios sólo pueden nacer en sitios determinados. ¿Acaso en el piso 26 de un rascacielos de San Francisco puede ver la luz una personalidad así? ¿O en Monfragüe? ¿Quizás en medio del viejo Congo Belga? No, los genios nacen en tierras abonadas por las musas como esta del comercio de la sal austríaca.

Que Mozart es uno de los más grandes de la música es tan fácil de sostener como que cuando uno cierra los ojos, deja de ver. Tocaba el violín con tres años y con cinco componía. Y desgranar sus proezas ocuparía toda esta Alacena, así que voy a la anécdota:

En 1638 el Papa Urbano VIII encarga a un miembro del coro de su capilla papal, un Miserere para el Oficio de Tinieblas del Miércoles y el Viernes Santo. La interpretación se hacía a la luz de trece velas que representaban a Jesús y los doce apóstoles y que se iban apagando una a una hasta acabar en completa oscuridad. El efecto al parecer era arrollador. Hasta el punto que el Papa prohibió que el miserere se transcribiera y ni siquiera permitió que se interpretara fuera de la Ciudad Vaticana. El rito marcaba que el Miserere de Allegri estaba hecho ex profeso para la Capilla Sixtina.

El Miércoles Santo de 1769 los Mozart aprovechando que están en Roma, acuden al Solemne Oficio ávidos por conocer la obra que tiene la fama de inaccesible y que no puede ser interpretada fuera de los muros enriquecidos por Miguel Ángel bajo pena de ex comunión. Al término, el joven Wolfgang Amadeus, de 13 años recién cumplidos, le dice a su padre que le pase papel pautado y transcribe, tras haberlo escuchado una sola vez en su vida, más de doce minutos de música; a los dos días, en los Oficios del Viernes Santo, el padre regresa a la Capilla Sixtina. Guarda en su sombrero la partitura que ha creado su joven hijo y aprovecha que aún no ha dado comienzo el Solemne Oficio para contrastar lo que de oído ha transcrito Mozart con la partitura original, sobre un atril a espaldas del gran fresco del Juicio Final. En efecto, es idéntico.

Clemente XIV era entonces el Papa. De alguna manera, el que siempre ha sido considerado el mejor servicio de inteligencia de la historia, logra enterarse de este hurto intelectual. Los Mozart esperan lo peor. Pero el Santo Padre alaba la proeza de un joven de trece años y le concede el Collar de la Orden de la Espuela de Oro, consintiendo que en adelante, el Miserere de Allegri suene más allá de los muros vaticanos.

En 1994, descubrí a Mozart, cuando estaba por cumplir los 14. De tanto escuchar a mi siempre admirado Padre agustino Félix Berdoncés, mi madre satisfizo mi deseo y adquirió su famoso Requiem. Después llegaron la Misa de la Coronación, don Giovanni, Cosa fan tutte, y tantas, y tantas… Y cuando aprendí a pronunciar en un alemán digno su nombre, cuando vi su casa natal hoy museo, estuve en el Mozarteum, lo escuché en la Ópera de Viena y me empapé aquel julio de 2009 de uno de los mayores genios que a lo largo de la historia ha dado este mundo, había merecido la pena. Total, para lo que me esperaba a mi regreso, mejor hubiera sido seguir soñando en el Valle del Danubio y la Roma de los Alpes.

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