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lunes, 22 de noviembre de 2010

Juana la loca


Ha pasado a la historia como “reina nominal” que es un absurdo juego de palabras para decir que fue reina sin reinar. Análogo entonces a mi muy admirada figura de don Juan de Borbón, otro rey sin corona que para mí y otro puñado de reflexivos, será don Juan III pese a quien pese. Y de acuerdo que no hay filiación sanguínea pero compartían una herencia genética sin mediación de esta (tolle et lege, os digo a quienes no me habéis entendido) que supera lazos familiares: amor a una patria que fue y es España.

El apelativo normal es el de “Loca”; y por Dios que no lo estuvo tanto como se empeñaron los que quisieron que pasara 46 años encerrada sin ver la luz del sol y con muy esporádicos e inciertas visitas de los suyos. Como don Juan, cada uno en su tiempo y con sus particularidades, la reina Juana molestaba, traía ideas que no convenían, rompía el juego de poder del momento. Porque ha de saberse que España se perdió la oportunidad de ser reinada en dos ocasiones por dos monarcas que podían haber cambiado a mejor esta nación. En el más reciente ejemplo, don Juan hubiera sacado del ostracismo a la sociedad patria. Su tocaya, quería en 1505 abolir la recién creada Inquisición, reagrupar con los mismos derechos pero respetando sus particularidades a los reinos hispanos bajo una misma corona y dinamizar los estamentos jerárquicos mediante un férreo control del viejo modelo feudal aristócrata y recortar el poder eclesial. Tuvo una cuidadísima educación y hablaba cinco idiomas... ¡Un verdadero torbellino! ¡Una adelantada y encima mujer! Y fueron sus ideas las que le valdrían el sambenito de loca, no su estado mental, que tras los muchos padecimientos, a nadie se le escapa que en efecto debía estar condenada a la locura.

Durante el romanticismo español, su figura fue la de una mujer enamorada no correspondida, celosa desmedida, loca por los arrebatos e infidelidades… Todo un paradigma de folletín novelesco. Pero es curioso cómo su madre, la muy loada reina Isabel la Católica no la entendía; era la hija díscola. Quizás no tuvo que someterse a la recia compostura a la que se ató su hermano y heredero don Juan. O su instructora, una de las mentes más preclaras de España y ejemplo de las hazañas de la mujer, Beatriz Galindo, cultivó en demasía una mente que acabó trastornada.

Cuando la visitó el futuro San Francisco de Borja, este viene a decir que en efecto, no cree que la reina esté loca. Los comuneros, levantados en armas contra la legión de extranjeros que contravenían las normas y tradiciones castellanas y relegaban a los propios (llegaron con el emperador e hijo de Juana, Carlos) la querían como reina. Y ella fue hábil y manifestó que de loca tenía lo mismo que de libre. Los comuneros asaltaron Tordesillas, desde donde su malvado vigilante el duque de Denia, se jactaba ante su padre el rey Fernando el Católico, y luego ante su hijo, de tenerla “encerrada en su cámara, que no tiene luz alguna”. 46 años así, no es para menos. Cierto que protagonizó histéricos episodios a la muerte de su marido. No menos cierto que su interesaba su encierro. Conocemos la labor epistolar entre abuelo y nieto (Fernando y Carlos) que venían a expresar su miedo a que “si la gente viera a la reina, se alzarían en su favor”. Y es que el enorme imperio levantado por Carlos también supuso la esclavitud de la tierra original, de Castilla, que es lo mismo que decir que España pagó las ínfulas de sus reyes con hambre y sacrificio.

Tú, tierra de Castilla, muy desgraciada y maldita eres al sufrir que un tan noble reino como eres, sea gobernado por quienes no te tienen amor”. Esa fue la frase que hizo despertar a los españoles de Castilla. Téngase en cuenta que la iglesia mendicante y apostólica, no la de las mitras, no la purpurada, no la del poder instituido, sino la de Jesucristo, se le hinchó las narices al ver cómo flamencos y germanos hacían de su capa un sayo y los oros hispanos se marchaban sin dejar gota de provecho por estas tierras… Agustinos, franciscanos y dominicos se pusieron en contra del gobierno imperial. Poco antes moría Fernando el Católico, que le vino bien el invento del “Tanto monta, monta tanto”, porque en efecto, la que demostró ser la reina de veras, y acertar como reina, es la siempre grande Isabel. Claro, dos mujeres de seguido, de armas tomar, la segunda además moderna y decididamente rupturista, era tragar ya mucho.

A Juana la volvieron loca, que no es lo mismo. Su padre la confinó en su desgracia y su hijo, a quien tanto debemos, sin embargo en este episodio se portó como un grandísimo cabrón. Así, sin remilgos. Mientras, la reina no se enteraba ni siquiera de la muerte de su padre, al tiempo que era vejada y pegada por duquesitos de tres al cuarto. Y pasaban los años…

¿Cómo hubiera sido el trato español en las Américas bajo el cetro de Juana? ¿Habríamos conseguido un imperio tan grande que a fin de cuentas nos ha servido para pasar a la historia y al ranking pero que nos arruinó? ¿Las consecuencias de una política españolista, respetuosa con las diferencias entre reinos y humanista, aboliendo la Inquisición y los privilegios de los poderosos hubieran hecho de España una nación más próspera aunque menos extendida?

Cada vez que piso la Capilla Real, donde descansan los cuatro primeros reyes de España, donde se gestó la idea nacional que hoy día persiste (y lo hará pese al empeño de algunos), me detengo en las figuras yacentes de las dos mujeres que allí descansan. Nunca me he creído la mítica propaganda del príncipe perfecto que Maquiavelo hizo de don Fernando, y menos la manida hermosura de un Archiduque con prognatismo y bragueta caliente. Pero sé a ciencia cierta que las dos mujeres, madre e hija, tenían lo que había que tener. Una lo demostró; la otra, pagó caro nacer con ese sexo en el tiempo equivocado. Y ya decía yo al principio, que sólo Dios sabe dónde estaríamos ahora de haber reinado los tocayos, Juana y Juan, en el siglo XVI y en el XX. De modo que me resta pedirle a doña Leonor (que será reina, sin duda) que si tiene hijos, no se atreva ponerles Juan o Juana, porque acompañado de Carlos, sí, funciona, pero a secas, esta España cainita y ponzoñosa no les va a dejar reinar.

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