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miércoles, 17 de noviembre de 2010

Iglesia Mayor de Motril (VIII)

Datos y fechas del siglo XIX

El arquitecto local Miguel Cirre será el encargado de dirigir el conjunto de actuaciones que eviten que el fuerte terremoto de 1804 arruine bóvedas, cubiertas y elementos de sostén de la Iglesia Mayor. Será en las cubiertas correspondientes a la parte primitiva donde se descubran mayores problemas de sustentación, a la par que se proceda al desmonte definitivo del campanario, que queda desolado tras el movimiento sísmico. Así las cosas, hay que levantar uno nuevo, que nace adosado al anterior, del que perviven los primeros cuerpos de su alzado. La nueva obra se realiza en ladrillo con unas técnicas absolutamente respetuosas al modelo constructivo ya existente. Tiene cuatro cuerpos, violando la tradición que al respecto siempre hubo en la arquitectura sacra, pues es difícil descubrir un campanario que no posea un número impar de cuerpos. A propósito, fueron cinco los marcados como idóneos por los alarifes mudéjares y los maestros de obras del renacimiento y del barroco. Otra particularidad más la de esta Iglesia. En definitiva, Cirre concluye en 1814 el campanario que había iniciado en 1805.

Antes de marcharse los franceses, se recibe el informe de Federico Quilliet, agregado artístico de los ejércitos de Andalucía, nombrado en el cargo por el Ministro del Interior, gracias a sus conocimientos de arte y a haberse encargado de las tareas de conservación de las piezas escogidas para formar el Museo Josefino (origen del Prado); el francés supo especular con todo tipo de pinturas hasta el punto de señalarlo como responsable de buena parte de las rapiñas de los napoleónicos. Quizás a él se le deba la pérdida de ciertos lienzos que dejan de ser inventariados en esta Iglesia a la salida de la tropa invasora.

Pero los verdaderos varapalos empiezan a vivirse a raíz del 30 de abril de 1852, cuando se reciba la decisión competente que ha determinado que la Iglesia Mayor pierda su condición de colegiata, posiblemente ante la imposibilidad de mantener a la decena de canónigos y seis beneficiados que solían estar relacionados con este tipo de dignificación eclesial. Sin duda, la cuantía económica que posibilita a la Iglesia Mayor, venía dada de sus propiedades en tierras de cultivo. Los experimentos del siglo XIX y cambios de productos, los convulsos años del azúcar y la desamortización de bienes que afectaría a la Mayor, están detrás de la muy cuestionada posibilidad de mantener el rango eclesial y por tanto, de la decisión romana y la ratificación arzobispal que supuso la pérdida del grado colegial. Durante casi 110 años lo fue.

La decrepitud eclesial en estos tiempos de un recio anticlericalismo gubernamental está muy extendido. Ya ha habido que demoler en 1842 el convento franciscano de la Inmaculada, que se erigía a las espaldas de la Palma, que en una amenazante ruina por los expolios franceses y los efectos de la exclaustración, pasarían a manos privadas.

Esta suerte de desgracias vienen además acrecentadas tras el inventario patrimonial que se realiza en 1880. En el mismo, va a especificarse que se desconoce el paradero del retablo que pintara para la Capilla del Vicario Herrera el famoso Pedro Machuca. Podríamos especular acerca de por qué en estas fechas anda perdido. Lo cierto es que del capítulo de destrozos y destrucciones que infringen los republicanos en esta Iglesia durante la Guerra Civil, hay que sacar esta pieza, con probabilidad de lo más destacado. Me inclino a pensar que fueron los propios franceses bajo los dictámenes y observaciones de Quillet los que dieron buena cuenta del retablo conformado mediante tablas pictóricas. La otra de las suposiciones puede versar en una venta ante necesidades de pago de la Colegiata, por lo apreciado del conjunto. Sin duda es más probable el primero de los ejercicios de heurística que propongo. Una esperanza al continuado malestar de la institución eclesial lo trae la reina Isabel II al aceptar el 8 de mayo de 1863, el cargo de hermana mayor honoraria a perpetuidad de las hermandades de la Vera Cruz y de Nuestra Señora de las Angustias, agarrándose el clero al profundo sentimiento religioso de la monarca.

El 6 de diciembre de 1882 inicia una visita pastoral de una semana a Motril el Arzobispo Bienvenido Monzón Martín (que lo fue de 1866 a 1885). Poco después, en 1888 se inicia la nueva solería del Templo, desde la escalinata simple de acceso al ajedrezado del interior. Se culmina en 1889 siendo Párroco don Francisco García. La solería sobria, vendría a sustituir a otra necesaria de una pronta reposición.

Expira el siglo XIX, el que va a suponer el verdadero debacle de nuestra Iglesia. El terremoto de 1884 afortunadamente no ha afectado la construcción, que sí sufrió el azote del temblor de 1804. Ese 25 de diciembre de 1884, se produce el derrumbamiento de la torre de la Iglesia de la Victoria, la Casa Capitular que fue de los Mínimos y parte de Hospitalicos. Quizás algo de qué congratularse. De ahora en adelante, vendrán mayores tormentos patrimoniales y de conservación para la Iglesia. Nos adentraremos en el siglo XX y la terrible Guerra Civil.

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