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martes, 16 de noviembre de 2010

Iglesia Mayor de Motril (VII)

El convulso siglo XIX

No habrá un periodo más inoportuno en la historia eclesial española que el vivido a lo largo de la centuria decimonónica, con lo que ello viene a significar para las artes y disciplinas decorativas relacionadas con la clientela religiosa, el principal de los mecenazgos patrios ayer y hoy. Aún así, el siglo XIX viene precedido en cuanto a lo funesto para la tradición estética asumida por la Iglesia, de la mano del academicismo que implanta en España Carlos III. Sin interés alguno por criticar los muchos aportes que la Real Academia de San Fernando logra, lo cierto es que los nuevos aires que los academicistas van a traer, supone una ruptura con el pasado artístico que se venía manteniendo, la imposición de un nuevo lenguaje dispuesto a abominar del barroco (y en menor medida del gótico), de la retablística, del empleo de materiales vernáculos como la madera o de las cuidadas formas de la liturgia hispana, (tan hispana como romana), que se envuelven en ese propósito dinamizador de modernizar la nación.

El neoclasicismo se había impuesto con el interés de derrocar los estilos precedentes y las tipologías de tan marcado arraigo. Es la Academia ahora la que dicta cómo y de qué manera hay que emprender las nuevas construcciones y destierra el empleo de la madera en los Altares de siempre previendo posibles incendios. De igual manera, se hace un estudio sobre el mundo cofrade, a resultas del que se eliminan en toda España más de quince mil hermandades de las 20.000 que en el año 1789 consigue anotar el Real Consejo de Castilla. A todo esto, los próceres de la Patria observan que los bienes eclesiales pueden ser la solución para aumentar los caudales de las exiguas arcas estatales y empiezan a oírse y redactarse los primeros proyectos “desamortizadores”. Para cuando muera Carlos III, en España se sabe de la Revolución Francesa, queda menos para dar por finiquitado el Antiguo Régimen (que si bien hubo de ser enterrado, no es menos cierto que para los empréstitos artísticos de las Iglesias españolas, sería un verdadero varapalo) y las primeras tensiones anticlericales se dejan ya notar.

Así se cambia a un nuevo siglo que vendrá marcado por el Directorio del General Napoleón, investido Emperador y que codicia una Europa bajo pabellón francés. No iba a quedar España fuera de los proyectos imperialistas del Bonaparte y la conocida invasión francesa, causará demasiados estragos en el patrimonio español, que a fin de cuentas es lo que en esta secuencia de artículos conmemorativos del V Centenario de la Iglesia Mayor de Motril nos interesa. Porque en concreto, será en febrero de 1810 cuando Motril sea tomada por las tropas napoleónicas que inician una carrera de saqueos, destrucción de obras de arte y expolio decorativo que sólo tiene comparación con el que protagonizaría la izquierda política en 1936.

En marzo de 1810 el Convento de la Victoria se convierte en hospedaje de las tropas francesas, las mismas que en julio de ese año terminan por saquearlo y sacar fuera de nuestras fronteras parte de sus elementos litúrgicos. Los desmanes de los franceses tendrán en nuestra patria chica una respuesta. El patriota guerrillero Juan Fernández, alcalde de Otívar, fusila a los dirigentes motrileños afrancesados en la pared de la Iglesia Mayor como represalia por su posicionamiento ideológico, su traición a la Patria y sus desmanes autorizados por el Gobierno Francés del rey usurpador José I Bonaparte. Cuando Motril logre la victoria sobre el invasor, será el 2 de junio de 1812, produciéndose entonces la retirada de las tropas francesas. No se van con las manos vacías: se llevan los cuadros de la Iglesia Mayor, saquean el Archivo de la Colegiata y roban piezas litúrgicas de casi todos los edificios religiosos de Motril, posponen obras de mejora y adecentamiento ya iniciadas y dejan en estado ruinoso el Convento de la Victoria, el de los Franciscanos y las Ermitas de San Sebastián o la de la Aurora.

El siglo dejará todo un reguero de malas noticias, de hechos fortuitos como este de la Guerra de la Independencia o naturales, incontrolables, caso del demoledor terremoto del día 13 de enero de 1804, origen del Voto de la Ciudad a Nuestra Señora de la Cabeza Patrona de Motril, y a Jesús Nazareno, que se salda con la ruina de Hospitalicos y su Iglesia, el desplome de la Torre de Campanas de la Iglesia Mayor y otras afecciones al patrimonio inmueble local.

Para culminar el tortuoso recorrido por las desgracias decimonónicas para la Iglesia de Motril, hay que sumar a la Guerra, la Desamortización del ministro Mendizábal, que hace que el Convento de la Victoria sea en 1839 las oficinas de Hacienda y de Correos y el de los Franciscanos un Cuartel de Infantería (amén de desposeer del uso para el que fue pensado al de Capuchinos). La muerte de edificios pensados para el desempeño de una actividad concreta que los mantengan con el ornato y cuidado precisos, hace que el Convento franciscano entre en estado de ruina, perdiendo Motril las casas monasteriales y la Iglesia en 1842, cuando ha de ser derruido. Pocos años después, la epidemia de Cólera de 1855 hace estragos en la población. Recuerden que España pierde en este siglo sus colonias y con ello parte de sus beneficios y de su imagen internacional que junto a la Guerra de la Independencia, terminan por dejar en bancarrota a la Nación.

El 25 de diciembre de 1884 se produce un nuevo terremoto, más virulento si cabe que el anterior, que asola varios pueblos de la provincia y que en Motril, junto a las víctimas, se salda con no pocas viviendas particulares en estado de ruina y el derrumbamiento de la torre de la Iglesia de la Victoria, la Casa Capitular que fue de los Mínimos y parte de los Hospitalicos. A fin de cuentas, esta última edificación es declarada ruinosa y termina por desaparecer en 1888, cuando el Hospital se traslada a las que fueron dependencias conventuales de los Capuchinos (hoy residencia de ancianos) conservándose del conjunto, la Iglesia.

Este panorama deja ideas de lo funesto que será el siglo; ante situaciones de este tipo no es difícil aventurar que no será buena época para el desarrollo de un edificio que ha vivido a lo largo del siglo XVIII su mejor momento, alcanzado un esplendor difícil de imaginar.

Aún así, empezó bien, por cuanto el 6 de febrero de 1801, María Josefa Ruiz de Castro expresa su intención de fundar una Capilla a San Juan de Nepomuceno en la Iglesia Mayor, y dos años después, en 1803 el tallista Juan de Villoslada termina la sillería del Coro acorde al ambicioso proyecto “musical” iniciado ya el siglo anterior. Ese mismo año se concluye la citada Capilla, que supone una nueva ampliación de la Iglesia, ya con dimensiones que le confieren plantas y tamaños que para sí quisieran algunas catedrales hispanas, al tiempo que la de nueva obra se dota de Altar y elementos litúrgicos que enriquece aún más el tesoro sacro motrileño.

Con todo, el varapalo del terremoto obliga a que el 25 de enero de 1804 el arquitecto Miguel Cirre y los maestros de obras de Motril, empiecen las actuaciones para evitar el derrumbe de la Iglesia Mayor tras el terremoto, que se ha cobrado la primitiva Torre de Campanas.

2 comentarios:

Jesús dijo...

Hola, soy de Motril y buscaba una foto de la iglesia mayor para hacer un banner para la web www.MotrilCofrade.com y he encontrado esta foto. El banner tiene 1000px por 150px. Esta todo en proceso pero quisiera saber si tengo permiso tuyo para usar la foto.

Gracias

David R.Jiménez-Muriel dijo...

Por supuesto... Concedido.

Un abrazo muy fuerte.