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viernes, 12 de noviembre de 2010

Iglesia Mayor de Motril (V)

Entre dos siglos. Motril y su Iglesia Mayor (1679-1742)

Las dos últimas décadas del siglo XVII (y cuantos años posteriores quedaran afectados por el incidente) iban a estar marcadas por la grave epidemia de peste que asola buena parte de Andalucía; ese 1679 iba a ser demoledoramente aciago. El 10 de abril fueron visibles los comienzos de la Peste que duraría hasta comienzos de agosto de ese año, al punto que de las 1715 viviendas, se afectaron 1439 (84 %), quedando pues sin contagiar sólo 276. Murieron 1750 personas, aproximadamente el 38 % de la población.

Tan luctuosa pandemia aguijoneará la devoción popular, sucediéndose las procesiones, los votos (como el que se consagró a San Antonio) y las colectas para la rehabilitación de ermitas, caso de la de San Roque, que pasa a ser del Carmen, por las peticiones lanzadas a dicha advocación en el transcurso de la epidemia. Así iría pasando los últimos años del siglo, hasta que la llegada del Arzobispo Arzobispo Martín de Ascargorta en 1697, supone un acicate para el decoro y engrandecimiento de la Iglesia Mayor, pues este recomienda que las generosas rentas que recibe el Templo, sean destinadas a la confección de ornamentos litúrgicos de calidad, al tiempo que se haga un nuevo Retablo Mayor, acorde con los tiempos. En una palabra: el patrimonio para culto de la Iglesia Mayor, estaba en precario.

Los sacerdotes hubieron de ponerse las pilas; el 4 de julio de 1704 se había reunido la cuantía económica precisa para encargarle al tallista Jerónimo de la Cárcel, con una reputación para entonces fuera de dudas, una nueva pieza retablística. El Retablo, al gusto del barroco más delirante, siguiendo los patrones de las maquinarias churriguerescas, se comienza en 1706, se concluye su fase de talla en 1716, empezándose entonces la de dorado, que se finiquita en 1719, tras trece años de trabajos que constituyeron una de las mejores fábricas de la retablística andaluza de la época. En sí, este nuevo Retablo Mayor, no iba a tener comparación con cuantos hubo y habría en la comarca, amén de poseer una de las mayores atenciones en su conjunto.

De tres calles y tres cuerpos más ático y sotabanco, la pieza quedaba presidida por un baldaquino exento bajo el que se refugiaba el Sagrario, seguido del altorrelieve de la Anunciación de María y coronado todo ello por el afamado Cristo de Guájar. En las calles laterales, se alojaban los Evangelistas, de tamaño mayor al natural, al tiempo que el orden colosal era recorrido por columnas salomónicas. Un muy notorio conjunto que estaba llamado a ser uno de los más destacados de toda la provincia, destruido por la República española.

Durante estos trece años, en Motril, el trasunto religioso se afianza y acrecienta. Así, en 1699 se concedía la fundación de un Monasterio de Agustinas Recoletas, se creaba en 1713 la Hermandad de la s Benditas Ánimas y se construían el citado Monasterio y la Iglesia del Hospital de Santa Ana, los Hospitalicos en 1719. No iba a acabar el año sin una alegría para el pueblo de Motril, cuando Clemente IX hiciera Cardenal al paisano Alonso de Belluga.

La Iglesia Mayor modificaba su aspecto primitivo de fortaleza y edificio de refugio pero no podía obviar sus dos siglos como epicentro de la defensa de la población. De otra manera no se entendería el traslado del almacenaje de pólvora y de armas, hasta la Torre de la Iglesia, un 12 de julio de 1707, que constituirá un movimiento vecinal opuesto a convivir con tan peligrosas mercancías.

Decíamos que iba a tener Motril motivos para festejar la concesión del capelo cardenalicio a uno de sus hijos, no haciéndose esperar las muchas dádivas y mercedes que don Alonso tendría para con su patria chica. Y así, un 8 de diciembre de 1729 funda una Capilla que ha de levantarse conjunta a la Iglesia Mayor, bajo la advocación de Nuestra Señora de los Dolores. Acababa el Cardenal de otorgarle a Motril, el más interesante de los contenedores patrimoniales que nunca antes tuvo y desgraciadamente tendría. Comienzan sus obras el 30 de noviembre de 1730, espaciándose durante tres años. El siguiente de los capítulos de su fábrica, fue encargarle en agosto de 1733 al muy acreditado arquitecto y decorador José de Bada y Navajas (1691-1755) la decoración y enriquecimiento de conjunto.

José de Bada, sin duda alguno, firma los más originales y meritorios conjuntos del tardobarroco español, caso de los de la Basílica de San Juan de Dios, el Monasterio de la Cartuja, la Iglesia del Sagrario Catedralicio o el Palacio de Bibataubín en Granada, como cuantas capillas-camarines deja en la Subbética cordobesa. A sus cualidades sumaría el Cardenal Belluga todos sus empeños por hacer de esta Capilla, centro de la espiritualidad del lugar, pero todo un artificio de decoración, suntuosidad y calidad marmórea, más propia de Roma que de Motril.

En 1737 llegaba el envío que había efectuado: grandes cajones con elementos litúrgicos, candeleros, vasos sagrados, un retablo desarmado, lienzos y un sinfín de reliquias, vienen a constituir la grandeza del espacio. Todo está instalado y previsto para su consagración litúrgica, un 15 de septiembre de 1739. Y a todas luces, es la Capilla más suntuosa de la ciudad y de su comarca. El nuevo Retablo y tan envidiable espacio sacro, han terminado por hacer de la Iglesia Mayor, el referente artístico de la primera mitad del siglo XVIII en el antiguo Reino de Granada.

Y a pesar de ello, el Cardenal Belluga aún guarda una última sorpresa, solicitando un 26 de mayo de 1740 que la Parroquial motrileña pasara a ser distinguida con uno de los mayores rangos eclesiásticos previstos por Roma para un edificio sacro. De tal modo, un 21 de noviembre de 1742, el Sumo Pontífice Benedicto XIV concede el grado de Colegiata a la Iglesia Mayor, merced a las súplicas y peticiones del Cardenal Belluga, pasando pues a obtener las prebendas mayores conocidas por este Templo de 500 años.

Porque sin duda, la época de esplendor por antonomasia para nuestra protagonista, la Vieja Iglesia, fue esta.

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