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martes, 9 de noviembre de 2010

Iglesia Mayor de Motril (II)

El nuevo edificio eclesiástico

Desde que en el año 1501 se solicitara la erección de un nuevo edificio sacro con destino a la atención de los fines espirituales de Motril, hasta que se pusiera su primera piedra, hubieron de transcurrir, casi nueve años, que dan perfecta cuenta de la trascendencia de la obra así como de la precariedad de las arcas de la Corona (benefactora per se de las construcciones eclesiales en el Reino de Granada) y la lentitud burocrática, que no obstante, sirvió para poner en la órbita diplomática (al menos a través de las correspondencias) a un Motril morisco, disoluto y levantisco con Roma y las cancillerías reales hispanas.

El edificio se proyectaba sobre la que fuera Mezquita Aljama de la ciudad. Viene confundiéndose la mezquita de los viernes (día sagrado de los musulmanes) con la mayor de cada población. En el caso de la que se levantaba en el espacio que hoy lo hace nuestra Iglesia Mayor, se trataba de una de las cuatro mezquitas de la ciudad y segunda en importancia, que seguro terminaría (en los últimos reinados nazaríes, el rezo de los viernes era dirigido por imanes afines a la política real, y por tanto, las mezquitas elegidas, verdaderos hervideros del pulso social y político, tan convulso a lo largo de todo el siglo XV) relegando a la propia Mezquita Mayor.

La primera piedra de la Iglesia se colocaba un 8 de noviembre de 1510, fiesta del Papa San Adeodato. Ya era Vicario el ilustre Gozalo Hernández de Herrera, encargado de poner esa primera piedra en nombre del Arzobispo Antonio de Rojas Manrique. Las obras le fueron encargadas a Alonso Márquez, imaginamos que un alarife proveniente de Castilla y al servicio de la necesitada Iglesia de Granada, en cuanto a maestros mayores y entalladores se refiere.

Este Templo, origen y germen del que actualmente sigue siendo faro estético y cabeza patrimonial de la ciudad, respondía a las pretensiones del mudéjar. Se orientaba del este al oeste (de los pies a su cabecera), siendo de ladrillo y mampostería, enfoscado y con revoque, sobre un esquema de planta de cruz latina y cubierto mediante bóvedas de arista. O lo que es lo mismo, la convivencia entre el tardogótico y el mudéjar (y no esa supeditación del mudéjar a estilos internacionales, como por norma marcaba la historiografía hoy ya trasnochada).

El edificio tarda en construirse cuatro años y veinte días. A lo largo de este periodo constructivo, deja de ser Parroquia la Iglesia de Santiago, en concreto en 1512, con lo que entendemos, el grado parroquial ya le correspondía a la Iglesia en construcción. No sólo habría que pensar en la absorción de la representación eclesial en Motril, sino además en que el Templo, parcialmente, podría ya acoger algún uso cultual desde esta época. Entre otras cosas, porque se había señalado de continuo la precariedad de la Iglesia de Santiago desde su misma reconversión para el uso cristiano.

Lo más curioso posiblemente es que estamos ante una edificación pionera en la diócesis. Si lo usual era que la mezquita pasara a ser instrumento de aculturación y por tanto, de asimilación de nuevo credo por parte de la población morisca, en Motril, además, se construye de nuevas y en esta ocasión con un edifico de relevancia, al menos, en su masa edificatoria. Mientras que en los valles de Lecrín, en la Alpujarra o en las Vegas del Genil y comarcas próximas a la capital, los edificios de nueva traza no llegan hasta 1520 (y en adelante), en Motril ya se está construyendo de nuevas, diez años antes. Para hacernos una idea, la ciudad de Granada, en aquel entonces el verdadero motor cultural del Reino, capital variadamente de este, no construye edificios plenamente católicos hasta mucho más tarde. Así, la Mezquita Mayor de la Alhambra, se mantiene hasta 1576; la del Albaicín, hasta 1590. La de la ciudad, hasta 1704. Motril tiene, entiende y consigue responder a una necesidad: la antigua mezquita, pese a su reconversión, no puede concentrar en su interior la liturgia católica, adelantándose pues, al menos una década a lo que luego sería el común denominador de la Diócesis. Para reforzar la teoría expuesta, valga decir que hasta 1530, eran de nueva planta, en todo el territorio granadino, sólo siete iglesias.

Recia, mudéjar (en connivencia con el gótico y no al contrario) y de pequeñas dimensiones (en torno a los 21 x 7 metros), la Iglesia de la ciudad se terminaba un 30 de noviembre de 1514, fiesta del Apóstol San Andrés. Se consagraría oficialmente como Iglesia de Nuestra Señora de la Encarnación, en la dispuesta festividad del 25 de marzo de 1515. Pronto, los principales señores y repobladores de la Villa, la dotan económicamente y sufragan los gastos necesarios mediante la fundación de capellanías en nombre de los concomitantes. Así sucede con Pedro de Vitoria, alcaide del Castillo de Salobreña, que en 1519 funda una capellanía. Sólo un año después, la Iglesia, es propietaria de la nada baladí cifra de de 1.130 marjales de cultivo en la vega motrileña, que nos sirve para explicar la pujanza patrimonial que empieza a poseer ya desde la misma década de los veinte del siglo XVI.

No en balde, Bartolomé Alguacil, asociado a las maestrías artesanas de la Diócesis, construye para esta Iglesia su primer órgano en 1521. La obra, que no llega a concluir por sobrevenirle la muerte, se terminará en 1522 de manos de Juan Palomares. Un veedor observa la pieza y la sobrevalora según lo estipulado. Así, se entregan 9.000 maravedíes más de lo acordado, a lo herederos del maestro Alguacil en virtud a lo costeado de la pieza. La solemnidad de las funciones religiosas pasaban indudablemente por la función de la música que desde la Época Clásica formaba parte de las liturgias cristianas.

Es en estas fechas cuando además, vemos la existencia del corporativismo, o si lo prefieren, del asociacionismo religioso en la ciudad. Había nacido en 1517 la Hermandad Primitiva y Principal del Santísimo Sacramento, que en 1523, dada su importancia social, se encarga de gestionar las donaciones, prebendas y recaudaciones con el fin de eregir una ermita extramuros, a la devoción y advocación de San Sebastián, que desde ese año, será tenido por el Patrón de la Ciudad. Ese 1523, Motril había sufrido una epidemia vírica de especial virulencia que, tras la intervención solícita del mártir, remite.

Pero fruto de las muchas mercedes que empieza a atesorar el Templo, es sin duda el trabajo recibido, con toda probabilidad el más apremiante y plausible, ese 1524. Se trata de un Retablo que iría coronado por una Imagen expirante de Cristo, en el sobrenombre popular de Cristo de Guájar, ejecutado por el prestigioso pintor y arquitecto toledano Pedro de Machuca (1485-1550). El insigne maestro, activo en Granada en los trabajos imperiales (luego al frente del Palacio de Carlos V nada menos) desde 1520, envía dicha obra a Motril, no siendo la única que entregue con destino a esta Parroquial. El retablo que nos ocupa, conformado por calles destinadas a acoger pinturas con un definido proyecto iconográfico, termina convirtiéndose en 1526 en el Retablo Mayor de la Parroquial, que se conservará hasta 1704 cuando sus piezas se pasen a distintas capillas de la Iglesia, al ser este sustituido por otro nuevo del maestro barroco Jerónimo de la Cárcel.

Pero todo ello, será objeto de siguientes artículos en esta serie con la que pretendemos poner de manifiesto la importancia de los cinco siglos de historia de la Iglesia Mayor de Motril.

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