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sábado, 2 de octubre de 2010

Con Él y en Él

Cuando uno escoge su profesión está sembrando la que será su vida. Con la mayoría de edad estrenada aún en la piel, la vocación a veces queda relegada. Las carreras que garantizan réditos económicos son tentadoras. Las que perpetúan un linaje familiar, apetecibles; los caminos laborales que aseguran fama, prestigio o simplemente, minutos para la vanidad, golosas. El joven de dieciocho años que ingresa en la Academia de la Policía se ve pronto envuelto en esas situaciones que el cine heroico y edulcorado nos ha vendido como maná. Los hay que rinden culto a deseos ocultos de servir a su virilidad que no a su Patria y sueñan sueños militares con viejos cetmes a las espaldas en los secarrales almerienses de Viator.

El joven bombero narra mil historias valerosas en las tertulias de amigos. Eclipsa el Guardia que a los lomos de su potente BMW desafía a la gravedad para ir al socorro del tráfico hispano. Y el pasante novel ejerce en tiempos de asueto ante los suyos, como gurú jurídico que todo lo resuelve.

Con menos de dos décadas a las espaldas, el estudiante de Medicina, el de ingenierías o el opositor a los Cuerpos de Seguridad del Estado, reiteran mantras que emboban a los suyos. El chaval veinteañero se ve de la noche a la mañana con un sueldo neto de 1.500 euros sin cargas, costos ni hipotecas que empañen su capital. Es el seguro vencedor a la hora de sacar su cartera.

Porque el joven, sabe que entusiasma. Seduce a la niña que antes de ayer se veía de cajera del súper del barrio. Sueña con su SEAT turboalimentado, amarillo, de llantas infartantes y oscurecidas lunas. Viaja a la Riviera Maya y ha comprado para su angosto dormitorio, el mismo que aún persiste bajo el techo paterno, una televisión con tantas pulgadas como la que tuvo el derruido Goya.

El éxito se mide con dinero; o con experiencias que sorprendan, que abran la boca de los interlocutores. El Guardia Civil hace gala de su carácter militar y ostenta su galón invisible cuando, de paisano, cruza miradas con el Policía Local. El Infante de Marina enseña tatuajes y el licenciado en Derecho siempre se ofrece para resolver cualquier duda al padre de la chavalita de turno. Porque con veinte años, la valentía se mide en copas ingeridas y en peleas batalladas. Se mide en sueldos y en historias nada convencionales libradas a pie de calle.

Mi hermano no se ha colgado nunca un arma del cinto, sabe que su sueldo no será ni siquiera mileurista y que su coche tendrá unas ruedas embebidas con tapacubos en vez de llantas. Su uniforme será objeto de miradas furtivas; su galón, un alzacuellos que mimará más que las relucientes botas de un cabo 1º. Mirará a las chicas de su edad comiéndose deseos y buscará en las manos níveas de una tal Angustias, gozos inenarrables.

Mientras que el joven Guardia cuenta anécdotas de persecuciones y palmadas en la espalda de un capitán, mi hermano tendrá que poner las suyas en los hombros de una anciana con la vista puesta en las gotas de agua bendita que resbalan por la madera mala de un ataúd. Mientras que el jurista cuenta cómo le ganó la partida a la Administración, mi hermano callará las veces que llevó cajas con leche y legumbres a una cueva hambrienta del Altiplano. Mientras el currela presume de manos encallecidas y dinero fresco como cada viernes, mi hermano esconderá en las mangas de su chaqueta los soportes de una silla de ruedas de un anciano que no tiene quién le pasee.

¡Valiente! El que cada día se calza un arma y se ajusta un casco. Y mi hermano se calza tiras blancas mientras media sociedad lo ridiculiza. ¡Valiente! El que pone en rojo el cuentaquilómetros del coche que avalaron sus padres. Y mi hermano subiendo cerros con su sobrio automóvil para llevar alientos donde sólo había desesperanzas. ¡Valiente! El que es capaz de pagar rondas eternas y pasear de su brazo una morena de bandera. Ay, si mi hermano lleva en sus dedos a Dios, a Dios mismo.

Hay que ser muy valiente con la que cae para plantarse así, a pecho descubierto, con treinta y tres botones al frente y veinticuatro años en el carnet, ante todos. A meterse en los velatorios y a enfrascarse en los comedores sociales. A vérselas con la muerte en los asilos, a jugarse la hombría del honor en el confesionario, a reproducir el drama de un sacrificio en un ara de encajes, a dar testimonio hasta durmiendo y a ser siempre el psicólogo, el consejero y el consolador de ricos y pobres, de amigos y de desconocidos.

Hay que tener reaños. Hay que estar hecho de otra pasta y con más muebles en la cabeza que el Museo de Artes Decorativas. Hay que tener mucho amor. Hay que arder por dentro y apagarse por fuera y hay que ser un tío grande, más de corazón que de talle, para estar hoy postrado, echado en tierra ante el Altísimo y decirle sí a todo. Hay que ser tan honrado, tan capaz y tan ejemplarizante como es mi hermano Valeriano Miguel Plaza Expósito, que en la Santa Iglesia Catedral de Guadix, de manos de su Obispo, el pastor don Ginés, se está haciendo MINISTRO DE CRISTO.

¡Qué suerte tienen los ateos y qué bendición tenemos los cristianos! Un hombre destinado bonhomía, un filántropo del tú a tú y un cura de casta. Y yo, que tengo la suerte de poder llamarle hermano. Mi valiente hermano.

1 comentario:

J. Carlos Medina dijo...

Ciertamente hoy en día optar por la vocación clerical se ve como algo exótico no sé si mas producto de la ignorancia de muchos o del desarraigo de otros. Merecedor a todas luces de elogios y de buenaventura a estas personas que optan por el camino difícil y aciago de la vida deberíamos darle el reconocimiento y la alabanza que se merecen, que es mucha.