Visitas

miércoles, 22 de septiembre de 2010

La Carrera

Quien me conoce sabe de mi apego a las tradiciones, a la repetición cociente y sosegada de una serie de actos que terminan por alcanzar el grado de ritos. Porque así convertimos lo rutinario en trascendente. Sostengo de siempre que las cosas tienen importancia si alguno de nosotros se encarga de dársela, y los estertores de septiembre, en Granada, tienen importancia, y de qué manera.

Llevo repitiendo unos días el mismo ritual no escrito, particularísimo y propio desde hace años. La visita a la Carrera (al fin, de Ella) y la entrada a aquel conjunto armónico y cargado que llamamos Basílica. Unos días me detengo en contemplar los tesoros históricos que custodia celosa la Iglesia Patronal. Identifico modelos decorativos, descubro vegetales y ornamentos geométricos, busco los volúmenes definidos de su arquitectura y repaso visualmente capillas, ornamentos, imágenes y preseas. Ni que decir tiene que la primera visión, como un punto de fuga dibujado, se va hacia ese Camarín luminoso que destaca entre los tonos consumidos del rico mármol del Retablo. Allí, viendo hasta sin ver, un tono negro y oro define la representación que en esta zona andaluza, y más si cabe en Granada, ha terminado por ser el má seguro sostén y el calmante emocional más pretendido de cuantos haya.

Pero sobre todo, me gusta apoltronarme, ingrávido y a escondidas, a los pies del Templo y buscar las caras, los gestos, expresiones y murmullos a media voz de los que como yo, entraron en busca de “algo”… No cambiaría por nada ese baño de emociones en las caras de los míos, los granadinos. Si me dieran a escoger entre esa edificante visión y el rico patrimonio, lo tengo claro. Me aporta, me conforta y me alecciona más ver esa devoción que está asida en la colectividad de esta ciudad. Llevaremos todos nuestros particulares intereses, nuestras imágenes de veneración o incluso nuestros credos y confesiones (que en este punto exacto de la Carrera de la Virgen no tienen ni tan siquiera que ser católicos, figúrense), pero a Angustias, le aguarda un sitio especial en cada uno de los hijos de Granada.

Llevo días de un ritual que espero no abandonarlo jamás. Un paseo vespertino por el trazo urbano de ese boulevard afrancesado de castaños de Indias y fachadas barrocas; he cortado el primero de los pedazos de esa Torta de la Virgen, con un sabor que explota en mi boca con recuerdos añejos a familia y a tradiciones. Mi vecino, que es más que mi río, tiene sus aguas quietas y estancadas (ese es otro cantar) llenas de hojas; he desempolvado la colcha de entre tiempo; mi perra busca ya el calor de los suyos; y Ella refulge en una Basílica que no es Patrimonio, ni Bien Cultural, ni testigo histórico ni contenedor artístico… Es el escenario perfecto donde agazaparse para ver que aquí, quien manda es LA MEJOR CIUDADANA…

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