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sábado, 3 de julio de 2010

Ámsterdam (2º día)

Capital del país, aunque comparte protagonismo institucional con La Haya, Ámsterdam es mundialmente conocida por su famoso Barrio Rojo, y porque la primera de las ideas de todo hijo de vecino, es que se trata del paraíso del consumidor de drogas, cuando lo que verdaderamente encuentra uno es una ciudad ordenada, limpia, con un nivel económico que marea, plagada de bicicletas, un clima muy suave (dicen que en invierno, nada riguroso) para el lugar que ocupa en el continente y llena de contrastes. Mientras dominan las alturas de sus campanarios cristianos, en la calle encuentra uno los ideales del cosmopolitismo y un marcado acento liberal. Pero quizás porque sus habitantes van a lo suyo, reprobando privadamente algunas conductas pero incapaces de no hacer como que no han visto nada.

Su urbanismo es correcto, aunque pronto adivina uno por qué le llaman la Venecia del Norte de Europa. Canales por todas partes; de hecho, casi el treinta por ciento de la superficie territorial de Ámsterdam, es agua. Algo más del doble de grande que Granada, tiene en torno a 750.000 habitantes. Cómoda, llana, sin rigores climáticos y con construcciones clásicas que chocan con los lenguajes que estamos habituados (españoles, portugueses, italianos, franceses, checos, austríacos, húngaros...)

Promete su colección de museos, sus distritos están muy bien organizados y a poco que se fije con detenimiento en sus habitantes, se da cuenta que fumar en espacios al aire libre puede llegar a ser censurable (visualmente hablando), que aquí se vive muy bien, pero que muy bien, y que la colección de viandantes femeninas hacen palidecer a la misma esposa de Rafael van der Vaart, por ejemplo. Y tampoco me voy a meter en muchos avíos, que para eso están las guías de turismo.

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