Visitas

lunes, 28 de junio de 2010

Perros

Según las últimas cifras, hay en España 6 millones de perros domésticos, animales de compañía de entre las múltiples razas por donde se mueve la familia canina. Seis, nada más y nada menos que seis millones de perros. Cada uno con sus particularidades, con las manías heredadas de sus dueños, con formas y maneras de comportarse que han ido aprendiendo y aprehendiendo a lo largo de sus vidas.

Animales muy por encima de lo común, capaces de entender estados de ánimo, capacidades de los humanos, empáticos, que sirven para tratar enfermedades, que ofrecen compañías y llenan vacíos que jamás otro de la especie de dos patas cubriría, allí en cuyos hogares los ancianos, se quedaron solos mientras sus hijos buscan a sus abuelos en cunetas de la desmemoria histórica.

Los perros, animales sorprendentes hasta el grado que el que no tiene uno, jamás sabrá de qué hablamos los que hace años, quedamos subyugados por su nobleza, por su fidelidad, por su desmedido y desinteresado comportamiento, por su siempre apropiada compañía y por los ademanes que de tanto en vez, nos provocan, hasta en los peores momentos, una sonrisa.

Perros, seis millones, de los que al año, de ellos producen tan solo veinte algún tipo de agresión que puede llegar a cobrarse una vida. Increíble. La cifra, en clave estadística nada menos que equivale al 0,00003 %. No llegan a cinco muertes anuales, aunque por aquello de comparar, 2.172.175 vascos, teniendo en cuenta los últimos cuarenta años, cometen 25 asesinatos anuales. Y sin embargo, el animal que ven en estas fotos, esta máquina asesina capaz de matarte a lametazos, peligrosa alimaña de diez kilos que no deja de buscarte y de procurarte cariño, produce miedo entre los niños. Nos hemos vuelto todos medio gilipollas. Las madres, cuando ven avanzar a tan agresivo perro como mi hembra de cocker spaniel de once años de edad, diez kilos y ciento treinta gramos de peso y que no ha sido capaz nunca ni siquiera de moderme un calcetín, cogen raudas de la mano a sus infantes, y se los pegan a su cuerpo, no sea que mi perra les ataque.

Nos hemos vuelto gilipollas, cuando la amenaza real son sus niños, esos hijos de... caprichosos, consentidos, irrespetuosos, libres para todo, sin ataduras ni atisbos de disciplina cariñosa pero certera que sí vivimos los demás. Esos que si vienen de visita a casa, hacen peligrar jarrones, ceniceros, figuritas, tapicerías y la estabilidad de las cortinas. Esos que manchan manteles y derraman copas. Esos que te contestan, gritan y te plantan cara si como adulto, te atreves a corregir sus actitudes desafiantes, de niño de un primer mundo que todo les ha dado sin que ellos contribuyeran en nada a la sociedad.

Nos hemos vuelto gilipollas, con un miedo infundado porque uno de cada 300.000 perros, por culpa de sus amos indudablemente, ha atacado en alguna ocasión. Nos hemos vuelto, así, sin más, unos rotundos gilipollas; porque por esa misma razón, y atendiendo a los 800 presos vascos, asesinos o cómplices de asesinato, sin contar a los cachorros de la banda, si por una irrisoria estadística como la perruna condenamos a la especie canina, yo pediría igual miedo hacia todo aquel nacido en las provincias vascongadas. Sí, señores, sin ser ni querer, ni pretender corrección política alguna, ya que mi perra, la pobre de mi perra que mata a lametazos y asfixia a base de cariños y búsqueda de caricias provoca entre esa caterva de madres gilipollas tanto miedo, a partir de ahora, cuando pase junta a un inmigrante, me apartaré, porque estadísticamente, suben la criminalidad de la nación. Y si sé que a mi vera hay un socialista, procuraré otro asiento, porque sé que cada vez que un socialista ha pisado el Gobierno, España ha cosechado los peores datos económicos, de bienestar social y los más bajos índices de calidad de vida. Y si sé de alguien que vive en los distritos de la Zona Norte de Granada, rehuiré su compañía porque allí es donde, estadísticamente, más droga y más delictividad existe de toda Granada. Y si...

Gilipollas, nos hemos vuelto gilipollas. Esta mañana, mi perra se ha prendado de un macho siete veces mayor que ella. Un generoso Rotweiller de imponente musculatura y definidos cuartos traseros. Su ama, me decía: lo llevo con bozal, que la norma dice que a partir de 20 kilos así debe ser. Pero si tengo que salir a la calle y dejar solas a mis hijas de doce y diez años una hora, sé que estando Atila dentro del hogar, no pasará nada... Ahora, con un vasco, un socialista, o un inmigrante, no me atrevería... Y le he dicho yo: ni con una de estas madres gilipollas que confunden un perro con un león de la Sabana...

7 comentarios:

Anónimo dijo...

En este país lo que sobran son perros.

Motril dijo...

Sin duda nos hemos vuelto gilipollas.

Anónimo dijo...

por algo es el mejor amigo del hombre, y no es un tópico, es la pura realidad

Carlos Jiménez Cabrera, orgulloso de un precioso cachorro de Pastor Alemán

David R.Jiménez-Muriel dijo...

Estimado anónimo:

No puedo compartir su opinión; en este país no sobran perros, sobran gilipollas. Como entre uno más, nos vamos a desbordar hacia el Mediterráneo, el Estrecho de Gibraltar, el Cantábrico y el Atlántico. Al tiempo.

Anónimo dijo...

Y digo yo.... que no todos los perros son pit-bull, de la misma forma que no todos los maketos son "Sabinos Aranas".....
Moraleja: El bozal le viene tan bien a los perros peligros como a los maketos con la rabia sin vacunar...
Vico

Frayle dijo...

Gilipollas e imbeciles integrales.
A mi me pasa lo mismo que a esa señora del rottweiler: tengo que sacar al mio con bozal para evitar problemas. Y si que ataca... o si no preguntale a nuestro amigo Jesus Ortiz como le "ataca", cuando viene a casa, a base de ser pesado y empalagoso buscando mimos y carantoñas.

Varadepalio dijo...

Ya quisiera más de uno y más de dos ser la mitad de noble y cariñoso que mi pequeño rotweiller, todo lo que tiene de grande lo tiene de bueno y de empalagoso, este si que no da puñaladas traperas.