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martes, 8 de junio de 2010

Médicos del mundo, uníos

Aaaaaachís... Nada, ya estás resfriado; o a lo mejor eres alérgico a algo y no lo has sabido nunca. No, espera, seguro que es un virus, que son tiempos de virus. ¿Y ahora qué haces? Te suena el teléfono. Tu compadre. Al minuto de conversación te pregunta qué te pasa, porque te nota la voz tomada. Y tú le avisas que a lo mejor estás resfriado, o que tienes alergia, porque te pican los ojos... Ya has picado, el que has picado eres tú, que has estado torpe...

Acabas de entrar en el selecto grupo de miembros-pacientes de los doctores no titulados de la vida. Porque aunque no te lo creas, eso de la automedicación está sobrevalorada, lo que verdaderamente se estila en estos tiempos, es el médico on line, el médico de casa, que no en casa. ¿Cómo? Cualquiera de los que te rodean saben de medicina, de cuadros concretos de dolencias y de los remedios efectivos para superar tus dolamas.

Seis años en la Facultad, la obtención del MIR, la especialidad, los años de guardias, la experiencia, cursos de formación, congresos especializados... Nada, nada, chorradas campestres. ¿Qué va a saber una persona que se ha tirado media vida estudiando y la otra media ampliando esos conocimientos que no sepa tu vecino del quinto, o tu prima la de Burgos, o tu colega de la peña de fútbol? Pareces tonto, las curas médicas están en la calle, en las tabernas, al otro lado del teléfono. ¿Para qué acudir a una saturada seguridad social? ¿Porque tengas los ojos como dos pelotas de golf, más rojos que Santiago Carrillo y te escuezan como si se te hubiera derramado la fábrica de Fanta de Limón en las pupilas? ¡Por favor! Tú déjate aconsejar por el vecino. Seguro que te dice: “ah, nada, eso te echas unas gotas de bicarbonato disuelto en jugo de mora antes de acostarte y te pones media hora por las mañanas al sol, y ya está”. Pero a ver, Manolo: ¿a qué supermercado vas tú, criatura? ¿De dónde saco yo el jugo de mora? ¿Tú tienes tiempo para ponerte media horita por la mañana al sol? Yo es que tengo la desgracia de ser currante, a menos que se empeñe otro poquito Zapatero, y claro, como que no me viene bien.


Y sigues moqueando. A mediodía eso ya es un moqueo de medalla de oro. Y el compañero de trabajo (porque he supuesto que trabajas en una oficina, como si fueras, por ejemplo... funcionario, mismamente. Ea, al moqueo, picor de ojos y estornudos, le sumas que te meten desde ya un palo del quince. Coño, y eso que eres el protagonista de esta entrada, porque pareces Cenicienta con almorranas) acude a tu mesa.

-A ver, qué te pasa... Que te quedas mirando con cara de pasmo y ganas de decirle: “no, nada, que me estoy limpiando la napia por dentro, tú qué crees. Y es entonces cuando saca de la manga su diploma por Harvard y te dice: tú tómate tres pastillas al día de este antihistamínico que es magnífico: capullorgol 220. No falla. Y tú te vas para la farmacia a comprarte el “Capullorgol” de las narices. Cuando casi consigues entrar a la farmacia, tú tía, la del pueblo, la prima hermana de la madre de tu cuñado, que al caso significa que te toca lo mismo que Elsa Pataky lo que a ti te gustaría, pero que es la tita del pueblo y ya está, no hay que darle más explicaciones a nadie.

-¡“Uy niño, qué mala cara tienes”! Y te ibas a poner filosófico, pero no. Y le ibas a decir que para cara mala, pero mala con avaricia, la de su niña, la que se ha venido a Granada a estudiar Trabajo Social. Pero te contienes y le explicas que ibas camino de la farmacia a comprarte algo para el picor de ojos, los estornudos y te habían recomendado “Capullorgol 220”. Y de inmediato, la licenciada por Cambridge, promoción de Galeno o de Hipócrates como poco: “No, no, no se te ocurra. Mi niña Pili María se tomaba eso y se destrozó el estómago. (Ahora te has vuelto a acordar de Pili María... ¿El estómago? ¡Qué barbaridad! ¿Y lo de la cara cómo se lo habría hecho entonces? Pero ya entiendes muchas cosas...) No te tomes eso sin un buen protector, ¿eh? Mira, a mi me va muy bien Muheprazol en ampollas”.

Vaya por Dios, las pastillas, el protector, hoy que es casi fin de mes, el sábado que es el cumpleaños de la bruja de la amiga de tu mujer... Una suerte. Que si llegas a saber que como católico estás en contra de la eutanasia, el día del bautizo te echa el cura el agua por donde Elsa Pataky no te va a tocar en tu vida... Pero en fin, al toro, que ya estás en la Farmacia, y hay que comprar mucho. Y suena el móvil. Tu madre. Horror, es tu madre. Que sí, que la pantalla del Nokia 9745 no se equivoca. Y te va a notar la voz rara, como si te estuvieras tapando los orificios nasales con las pinzas del marisco. Y dicho y hecho, te nota que estás malillo. Vuelta a contar otra vez tu cuadro de dolencias, y le añades los consejos de ingesta de Capullorgol y de Muheprazol. Y era de esperar, la licenciada por la Universidad de Yale habla. Oigamos al oráculo infalible:

-¿Tú eres tonto, niño? Si es que, desde que no te puedo controlar estás perdido. Yo iba a dejar que mi hijo se fuera a trabajar malico como estás. Corriendo. Claro, como a tu mujer no le importas un pimiento. Ah, pero a ella qué más le da, si mientras le des el sueldo a principios de mes y le dejes de tiendas... Semejante (no estoy seguro que esta Alacena no sea leída por menores de edad, por lo que lo siguiente que dice la madre de Manolo, la señora Toñi, queda censurado. Sentimos las disculpas, o perdonen las disculpas, o... Bueno, que a joderse...)

Y te armas con la poca paciencia que a estas alturas viene quedándote, menos que el espacio urbanizable en el Islote Perejil. “Mamá, que tengo que venir a trabajar. ¿Qué tendrá que ver Carmita con esto? Además, no hables así de ella, que te quiere mucho y se preocupa por ti (Sí, eso cuenta como pecado mortal. Más que nada porque no te lo estás tragando ni tú, que sabes que si por tu mujer fuera, tu madre estaría de Superiora en el Monasterio de las Huelgas) y nada más que dice cosas buenas”. Bueno, termina la mentira. Preparado, que ahora toca consulta médica materna: “De capullorgol te olvidas, te vas a tomar Mocosetina que a mí me va muy bien. Y le dices al de la farmacia que te de algo con yinsen (los idiomas es el fuerte de tu madre) que estás mu delgaducho y mu alicaído”. Pero mamá, tengo una barriga que cotiza por sí misma en la seguridad social, he tenido que poner una bolita con soniquete en el fondo del váter y lo he forrado de vidrio, para verme el asunto, de cómo me estoy poniendo. En verano gasto siete botes de crema y dos kilos de polvos de talco por las rozaduras que me produzco en las ingles... ¿Que estoy delgado? Pero si voy a hacer horas extras en Carrefour esta navidad como Papa Noel pero sin barriga postiza...

Pero esa guerra, ya lo sabes tú, la tienes perdida. De modo que ahora sí, estás en la farmacia. Sueltas todo lo que te pasa, le cuentas que te gustaría adquirir “capullorgol, muheprazol, mocosetina” una caja de preservativos de dos unidades (que la de seis es una pena y hay que tirar cuatro). Y cuando todo está a tu alcance, sobre el mostrador, te dice el mancebo: “las recetas, ¿por favor?”. Y te vas de allí sin medicamentos, sin remedios y con la cabeza más caliente que un costalero en el Carmen de Santa Catalina.

Otra vez en la oficina y tu compañero que te pregunta si ya te has tomado la pastilla. Y entonces, presa de un sentimiento que te ha sido ajeno hasta este mismo momento, te das cuenta que España está llena de médicos. Que el problema español es que somos tan cultos, tan preparados, tan competitivos, sabemos de todo y tanto de todo, que no trabajamos por risa, no por el socialismo. Y caes en la cuenta que no vas a poder en la vida ponerte malo sin que alguien te recomiende un medicamento, o te diga que la recomendación anterior es una paparrucha, o que si te tienes que operar, aunque sea de trasplante de cerebelo, es mejor el cirujano Menganito, o que en Sanitas te tratan mejor que en Adeslas o que los remedios caseros son mucho más eficaces que los químicos.

Así que te vas a tu delegación correspondiente, pides una excedencia por año y medio (que de paso te sirve para librarte de la comunión de tu chico, todo se a de paso) y pones rumbo a Tabernas (te hubiera gustado ir al Caribe, a un destino exótico africano o a Madrid, pero es que estamos a fin de mes y calculas que la gasolina te llega hasta los alrededores de Viator, más o menos), donde con tanto calor, tan poco agua y todo pelado, no encontrarás a nadie en su sano juicio capaz de decirte nunca, qué tomar si estás malo. Y que la madre naturaleza haga su trabajo, para bien o para mal.

¡Médicos amateur, váyanse a tomar... PASTILLAS!

4 comentarios:

monaguillo dijo...

Genial. jajajajjajajajajjaaj. Anda que es mentira. Abre un grupo del feisbuq que se titule: "ni se te ocurra tomarte eso, tómate esto otro". jajajajaj

EL DOCTOR dijo...

Así es...nada más lejos de la realidad....Te puedes creer david, que cuando un capataz que tu y yo tenemos y que algo me toca se pone malito, sabes a quien le pregunta que se toma delante mía????? A MI MADRE....
( Te lo juro por hipócrates)

Un abrazo amigo

David R.Jiménez-Muriel dijo...

Pero eso es maravilloso, Doctor... Yo, con una porquería de carrera laboralmente hablando, trabajo de balde para los míos que es una delicia. Ni se te pasa por la cabeza la cantidad de gente que tiene un cuadro o una esculturita medio buena:

-¿Y tú puedes echarle un ojo a ver si es bueno?

Claro, como que si es bueno te lo voy a decir y que hagas tú el negocio...

Ojú, estos capataces, que son añejos hasta para lo médico...

David R.Jiménez-Muriel dijo...

Para que me digan que no está esta Alacena documentada... Miren qué acabo de encontrar, publicado hoy mismo:

http://www.ideal.es/granada/v/20100614/granada/desde-existe-internet-enfermo-20100614.html