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sábado, 19 de junio de 2010

Huéscar

En 1998 conocí al primero de los oscenses que terminarían por formar parte del grupo no ya de amigos, sino de personas con las que estableces una relación necesaria y dependiente de camaradería, salud e higiene mental y ganas de ver con mayor frecuencia. Hace esos doce años que nos separan, el primero que me abrió el mundo distante y sin duda sorprendente de Huéscar, una población retraída en cuanto a número de habitantes pero libro abierto de la historia y la conservación patrimonial, me enseñó paulatina y serenamente, a sentir una especial debilidad por la punta de lanza de una provincia que en su norte, vive a los pies de la imponente Sagra: Huéscar.

A Pepe Valero le sucedieron los Licerán Casanova, y cuantos otros, primero de la mano de una Hermandad, luego de todo un Consejo Cofrade, y al fin, de la propia Parroquia, me hicieron estar en casa y la vez a 170 kilómetros. Y me fui acostumbrando al porte catedralicio de Santa María, que guarda con celo lecciones arquitectónicas reservadas a ciudades de postín, o me fijé en su urbanismo trazado con el gusto reflexivo de las cosas que se amasan concienzudamente. Y me fijé en su extenso catálogo de edificios, palacetes y casas nobiliarias.

Acudí con la exhortación de las cosas importantes a los significados y estimulantes pasos liturgistas de don Antonio Fajardo, y al conocer a Juan Luís García Rodríguez, el aliento de la esperanza sacerdotal rebrotó. Los portes que abarcan desde el gótico al modernismo, casonas con relojes parados, portadas sacras, dominicas de siempre y ermitas con luceros espirituales y "mejores alcaldesas", hicieron el resto.

Huéscar tiene de navarra, de toledana y de ducal cuanto se quiera bucear. Los episodios de la historia se concitan en sus muros viejos, tanto como las puertas donde el Cristo del Candil era vigía perenne, o en donde los gabletes cobran la verticalidad de maestros florentinos como Jacopo Torni. Pero por encima de eso, el territorio de los oscenses, el más pretendido para el paladar del cordero, el que sigue cocinando con las armas de los viejos hornos y las latas prietas, el que ofrece parques descomunales y fríos severos con que arrojar aire puro desde sus techos de piedra a toda su comarca, Huéscar es el lugar donde la gente ha molido una espontaneidad, un gracejo, un tono y acento propio y un odre de tradiciones que emborrachan y contagian.

Acaba de venir de allí mi madre. Ha estado cuatro días entre los suyos y al pisar Granada, ha tenido que reconocerme lo que desde 2001, el año en que pisé aquel feudo, venía repitiéndole: qué buen sitio donde vivir, qué agrado de pueblo.

A cuantos amigos y conocidos de Huéscar pasan por esta Alacena; pretendidamente imposible citar al señor alcalde, a don Gonzalo Pulido, a los hermanos de la Soledad, presidencia de Agrupación, don Antonio Fajardo, mi estimado hermano Juan Luís, las saga Valero y Licerán... porque no los olvido y no faltaré a mi promesa de regresar cuanto antes, aunque ello me cueste más de una amanecida en compañía de Pepe Valero o Jesús Licéran, como fuera antaño.

1 comentario:

Salva dijo...

(...) y al conocer a Juan Luis García Rodriguez la esperanza sacerdotal brotó (..)

¡QUE VERDAD QUE ES!