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lunes, 21 de junio de 2010

Con un par (pequeño)

Debió de ser en el año 1908, cuando el soberbio Rafael Gómez Ortega, el Gallo, protagonizó una de esas anécdotas que ha dado la vuelta a las entrañas de la intrahistoria de esta España nuestra. Viajaba el diestro desde Sevilla a Madrid, en esos trenes de carbón y humaradas negras saliendo por su chimenea. en Despeñaperros, el tren las pasó canutas. Pero al llegar a Atocha, pisando ya la vieja Estación madrileña, la locomotora decidió avisar con un fuerte silbido su presencia, al tiempo que exhalaba una potente nube de humo, con la fuerza que a lo largo del viaje le había faltado. Y en estas que el diestro (algunos dicen que su mozo de espadas y familiar Manuel Ortega), habiéndose bajado de su vagón y ya en tierra, miró al tren y le espetó: “¡esos cojones en Despeñaperros!”.

Hoy hace una semana que seis hermanos mayores echaron un órdago a la mayor cuando la partida ya había acabado. Hoy, una semana que en el Realejo huele a caquita blanda, como de digestión viral. Hoy, siete días de una fanfarronada que no hubo riles de sostener en el sitio apropiado y ante el que es apropiado para oír la queja.

Resulta que el que no quiere coronar, aspirará a una Medalla de Oro, ha soñado con una no muy distante salida extraordinaria, o simplemente sigue la corriente de los Plenos de Hermanos Mayores allí en el corazón de la Plaza de los Lobos: callar, asentir, y en la taberna más próxima, poner a parir al resto por su falta de arrojo y valentía. No son pocos los hermanos mayores que he podido oír, criticando la impasividad de estas Asambleas, al tiempo que corren prestos a limpiar su imagen y aseverar que son los demás, el resto de colegas, los que se callan y no son capaces de decir lo que piensan o lo que así acordó el Cabildo de Oficiales que presiden.

Ojo, el Realejo no tiene la culpa. Al menos estos hermanos mayores, a destiempo, a deshora, mermados ya de razones y como co-protagonistas de una película de cobardicas y gallináceas, han hablado. No sea, como ya he podido saber, que desde otros barrios se rían a mandíbula batiente, cuando piensan lo mismo pero ni siquiera se atreven a decirlo en sus propias casas de hermandad a viva voz. Aquí la culpa es de 32 hermanos mayores que no hablaron en su momento, y la estultez supina, la de hace una semana, que sin venir a cuento, piden algo a todas luces ya aburdo: la dimisión del Presidente de la Real Federación de Hermandades y Cofradías por su “sui generis” elección.

Pues miren, yo ahora confío en la gestión de don Antonio Martín Fernández y le deseo el mejor de los criterios y toda la voluntad posible, para saber llevar a los cofrades, obedientes, disciplinados, callados, caguetas e inoportunos de esta ciudad. Que los cojones, como la locomotora, cuando la cuesta es pronunciada. Así que en memoria del diestro sevillano, amigos, hermanos (que los sois, faltaría más), esos cojones, “en la Plaza de los Lobos”.

2 comentarios:

MM Peña dijo...

¿Lo ves cómo me ha merecido la pena esperar?

Anónimo dijo...

David,

Que luego, el valor, se esfumó en las cervecitas de después... "no es necesario informar al Sr. Arzobispo".

Enhorabuena por la entrada, a algunos, el "colgarse la medalla" le va a pasar factura. A su tiempo...

Santi.