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jueves, 20 de mayo de 2010

Primeras Comuniones

Salía Manolo de la Iglesia, contento, hasta el momento en que su mujer se le acercaba al oído. Algo tuvo que decirle porque le cambió el semblante, el gesto, la risa y las ganas de tomarse el aperitivo previsto. Sostenía “su costilla” (como diría don Manuel de Unamuno) al retoño en brazos, con su traje largo y blanco de acristianar. No era momento entonces para caras largas, ni sobresaltos. Pero a la ínclita costilla, se le ocurrió decir algo de un mal gusto supino, una profecía sin gracia y sin anhelo porque se cumpliera. Obviamente bajito, al oído de Manolo. No lo oyó más que él y aún así bastó.

-Ea cariño, pues ya tenemos que empezar a ahorrar para cuando Jonathan haga su primera comunión.

Y ahí que está Manolo frente al espejo del remozado cuarto de baño. El mismo que aún debe pero que adquirió gracias a la extraordinaria financiación de El Corte Inglés. El otro tenía diez años y estaba en óptimas condiciones, pero cuando “su costilla” quería algo, podía ser muy convincente. Y noche tras noche, la entrepierna de Manolo acabó por convencer al resto del cuerpo que el cuarto de baño estaba viejo, feo y cochambroso. Y helo ahora practicando el doble nudo con una corbata de seda monísima que le ha hecho adquirir... Sí, adivinan bien.

En su cabeza suena el ritmo evocador de Su primera comunión de Juanito Valderrama. Qué tiempos tan cambiantes, cuando era él el que entonces se acercaba a tomar a Cristo por vez primera y no su hijo. Él estuvo toda una noche sin ingerir alimento alguno, heredó un traje de chaqueta azul marino de su hermano mayor y se pegó una tripotera de chocolate y de buñuelos que hizo su abuela, en el patio de la corrala de vecinos de su añorada casa del Albaicín. Y sin embargo, su hijo es hoy la resurrección del almirante Gravina, con más adornos y chorreras que Cervera, ampulosos galones y relucientes zapatos. Cenarán en el Hotel Palacio de los Patos, una monería que les ha dejado dos años sin vacaciones y otros tres más de gorrones oficiales en casa de la cuñada en ese piso de setenta metros a quince minutos de la arena de Velilla. Curiosamente, el cuarto de baño sí que estaba viejo e indecente. Pero su coche no. Total, para un comercial encargado de recorrer Andalucía Oriental, que una rueda tenga un remiendo, haga falta revisar la amortiguación y el radiador eche tanto humo como las viejas locomotoras por Despeñaperros, la utilidad de un mueble wengué, un espejo antisalpicaduras, accesorios de titanio pulido, monomando de diseño italiano y columna de hidromasaje es infinitamente más práctico que un coche nuevo.

El menú se ajusta a la sencillez del momento... Cinco platos para los doscientos invitados. Nunca llegó a decirle a su mujer por qué no había más que cuatro amigos del niño, y 196 adultos, algunos de los cuales nunca antes llegaron a ver a su hijo, sino que él mismo desconocía el nombre de 41 de ellos. Tampoco se planteó por qué hacía falta tanto centro de mesa, recordatorios para los asistentes y vinos, si el niño probaba el vino por vez primera hoy, y servido en cáliz, y seguro que le era indiferente el bouquet de un reserva del Duero o si al paladar, la textura de un Burdeos convencía más. Lo que sí llegó a sugerir, para escarnio y paciencia de sus partes pudendas por espacio de una semana, es por qué había que tener un detalle con los invitados, toda vez que ya habían sido agasajados con un suculento almuerzo. Creía que como invitados, el regalo contractualmente, les correspondía a ellos. ¡Cuánto de protocolo le podía enseñar “su costilla”!

En el Sagrado Corazón el revuelo era interesante. La Gran Vía era tomada por decenas de tocados, pamelas de curiosa horizontalidad, chaquetas con los primeros cercos a la altura de la axila, y la mitad de los tripulantes del Cano y un desfile de modelos con trajes de novias para novias enanas. Manolo, durante la ceremonia, no podía dejar de acordarse de su abuela. De lo mucho que le recordaba la importancia del día y de cuánto se preocupó para que después de ese día, la visita a la Iglesia fuera algo regular. Hasta que se detuvo en una niña, que formaba parte del grupo de “primeros comulgantes”.

La niña mide un metro sesenta y cuatro, calza un treinta y nueve y lleva ya un año usando sujetador. La niña, que te destripa un ordenador en décimas de segundo, y se queja de Luxofractura de Bennett (se ha jodido los dedos de escribir tanto y tan rápido mensajes de móviles), tiene tres cientos cincueta y ocho amigos en Facebook y se acuesta a las doce los días de diario y a las dos y media (AM, of course) en fines de semana. Una genio que emula los peinados imposibles de la hermana mayor y que se empeña en recibir al Señor con un mechón teñido en malva mientras sostiene en lucir un “maquillaje fluido de cobertura media”, aunque su diatriba es si se alargara la fiesta, porque a lo mejor, podía jugar con un “maquillaje nocturno y tender a la cobertura profunda”. Hoy es el primer día que pisa una Iglesia desde que fuera bautizada, y hasta que no encuentre a un primo como Manolo que la lleve al altar con un traje parecido al que hoy lleva pero con un corte acorde a lo que se estile dentro de veinte años, no volverá a entrar en otra, salvedad hecha que una prima o una amiga, decida encaramarse a un altar, y claro, asistirá para tomar ideas.

Manolo se derrumba en el banco de la iglesia jesuítica. Los angelitos inocentes y de blanco que van a recibir al Señor ya comulgan. Hoy él lo hará, y quizás con reforzadas intenciones, porque ha prometido que en su corazón, habrá espacio de hoy en adelante para Dios, por él y por su hijo, ese que en unos meses habrá declinado cualquier deseo de acudir a Misa y en unos ocho años, con su palestino al cuello, se preguntará para qué sirve la Iglesia, cuestionará la existencia de Dios y se reirá de una fe que, como ha escuchado en una letra de su grupo favorito, es una mezcla de mitología y mala baba medieval.

Y Manolo se alegra profundamente de haber vivido otra época y se santigua, ya de nuevo en la Gran Vía, porque le toca, como hace ahora diez años, recibir de su mujer otra mala nueva:

-¡Ya verás cuando casemos a Vannesa, que bien todo!

Y Manolo contempla la posibilidad de comprobar el funcionamiento del divorcio express ese.

5 comentarios:

Francisco Abuín - Christi Passio dijo...

jajajajajajaja..... impresionante y verdad como la vida misma, jajajajaj... arte y categoría de entrada, juas juas....

un abrazo y ya se te estaba empezando a echar de menos, jojojojo...

Anónimo dijo...

Saludos Hermano¡¡¡
Por la presente quedas oficialmente invitado a mi acto de conversion al cristianismo en me bautizarè, tomarè mi primera comuniòn y me casarè a la vez que celebrè mi separaciòn-divorcio de mis otras 4 mujeres el proximo domingo en el VICO asì es que vès preparando la BILLETERA que quiero un regalo por cada acto¡¡¡¡¡ juauauaaaaaaa
Fdo.:Ahmed VICO Assen
Pd.: Y de primer plato medusa galata...... que veo que te gustò pero en plato graaaaaandeeee¡¡¡¡¡

Anónimo dijo...

Qué humor más inteligente, qué satírico. Pero David, lo más triste de todo es que llevas razón.

Yo estuve, hace años, en una comunión en San Juan de Dios, y recuerdo que el Salmo responsorial lo leyó una madre empotrada en un traje de gasa con pamela, y Lo leyó todo corrido, sin parar.
Los niños de almirante y las niñas de emperatriz, algunas con sombrero.

Lamentablemente es lo que tenemos, nos quedamos con la fiesta y abandonamos a Dios.

Miguel H

monaguillo dijo...

Genial, querido... genial. Desengrasante total. jajajajaj Todos tenemos un Manolo dentro.

Lemar dijo...

Toda la razón del mundo hermano, además me has hecho recordar, tiempos muy pasados, por el 71, D. Basilio, q.e.p.d., 9 de la mañana de un domingo de Mayo, no recuerdo ahora mismo, si 21 o 23, y en ese Altar Mayor, a los pies de la Patrona de todos los granadinos, con 7 años, vestido de marinero pelón y raso, traje heredado de mi primo y que posteriormente heredaría el hermano de este, un librito en una mano, y un rosario de plata calada regalo de mi Tita,en la otra, posterior chocolate, café, churros o pasteles, en una terraza de Bib-Rambla, con la familia y algunos amigos más allegados, y a continuación, Abuelos, Tíos, y Primos, a la casa a comer un arroz y seguir festejando el día; yo con mis primos por esas calles, Palacios, Plz. Sto. Domingo, del Cañaveral, etc..., jugando, corriendo y saltando, y solo eso, pero bastante más significativo que lo de hoy, ya que carecíamos de tantos festivales y caprichitos como ahora.
Gracias hermano, un beso.