Visitas

lunes, 24 de mayo de 2010

El club de una ciudad

Esta ciudad puede ser cuanto quieras, menos mediocre. Puede ser arrabalera y la más elegante, o sosa y abúlica, o la más festiva. Es fría seis meses y te fríe otros seis. Es preciosa como ninguna y según la mires, fea, muy fea. Exclusiva y categórica o poligonera. Capaz e incapaz. Porque en esta ciudad no existe la mediocridad. Aquí hacemos lo imposible, posible y lo posible, imposible. Esta es una ciudad sin términos medios, sin ambages, sin posibilidad de encontrar el punto de encuentro, que pasa de escenas gloriosas a míseras en cuestión de segundos, a lo sumo días.

Es capaz de ofrecer una de las más cautivadoras imágenes y de ser insegura. O tener la mejor oferta cultural jamás soñada y andar cargada de ciudadanos sin alfabetización. Es Granada en estado puro, una brujería, un sortilegio, un trozo de tierra por el que rememorar las gestas del pasado y revestirse de un honor extinto y caduco para dar hasta la vida por ella. A uno que se llama español como única herencia digna que tengo, tiene que reconocer que cosas como las de ayer le dan ganas de decir sin pudor y sin tapujos, que mi única patria es Granada.

Por eso, cuando a eso de las nueve de la noche embobinamos la memoria negra y salpicada de errores y zancadillas de los últimos 23 años, tuve a tantos presentes que aquí decirlos, sería una empresa cuestionable. Vienen a ser tantos como los que cita Alejandro García Morón en el blog del garbo y de la guasa elegante, que ya sabes como se llama. Pero por encima de todo, la gesta de anhelo, la que nos hizo a más de uno llorar, por unos colores pero por una ciudad que tiene más de madre y de patria que de lugar de nacimiento, me acordé de uno en especial. Podía haber sido mi abuelo, veinte años socio del Granada. O de mi tío Enrique, que hasta que vivió por estos lares, no faltó a la cita del Granada. Pero yo me acordé del que un día me envenenó de granadinismo, desde la E.G.B.

Católico convencido, un día cambió el color de las liturgias por las franjas rojas y blancas. Su única experiencia costalera bajo el Señor de la Amargura, fue a trompicones y por necesidad de aquella cuadrilla, pero me hizo prometer que en el mismo momento en que pudiera y consintiera el Cristo de San Agustín, yo andaría con él por Los Cármenes y él conmigo bajo un paso.


En la Glorieta de Arabial detenía los relojes, mientras Alejandro, Pedro, Manolo o yo, café en ristre, oíamos de su voz, un lejano 1997, sueños que la persistencia y la fe no dejan diluirse. Ha recibido golpes de la vida y entre ellos, aquel de un 25 de junio de 2000. Y nunca ha faltado, hasta en la categoría de hojalata, a encontrarse con esa manera de entender la vida que le contagió su abuelo y alimentaron en su casa, hasta que por su propia iniciativa y necesitando entonces de paga paterna, invirtió sus escasos bienes en un carnet que renueva desde entonces, y son ya... taitantos...

Él si creyó, de hecho sigue creyendo. No en la 1ª División, o en esta acariciada de plata. Él creyó desde siempre en su ciudad, y en el equipo de su ciudad. Y hace la friolera de catorce, quizá quince años, empezó su pregón hermoso, creíble, convincente y cargado de corazón, desde el cabecero de su cama donde se fundía, allí en el Camino de Ronda, la bandera de España con la bufanda de sus colores, y acabó por envenenarnos a todos. Si hay un Granadinista para mí, ese es el que me enseñó que esta ciudad es capaz de todo, y que si fuera menester, a la que he llamado madre en mil ocasiones, le daría mi vida a pesar de las ingratitudes de sus otros hijos granadinos.

Por eso, ayer, a las nueve de la noche, con las lágrimas saltadas, me acordé de ti como pocas veces, y eso que bien sabes que en número son muchas. Me acordé de ti y pensé que se había adelantado tu regalo de Primer Aniversario, de aquel día de San Fernando de 2009. Y pensé que es un honor haber nacido en esta ciudad y tener como hermano, hijo de nuestra madre Granada, a alguien como tú.

El año que viene, cuando tengas que dividirte y ver fútbol profesional y sentir qué es ser costalero, habremos cumplido la promesa que nació hace muchos años. Y los que nos quedan... Gracias por hacerme sentir qué es el fútbol según Granada. Gracias Luís José Ramírez Sánchez.

No hay comentarios: