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viernes, 16 de abril de 2010

Tiempo de Balance (de cortejos y carestías en filas)

Es muy raro que una Hermandad en 2010, después de haber celebrado más de veinte tertulias-conferencias al respecto y de haberse publicado hasta en los abanicos que regalan en el Ferial, coloque mal sus insignias en el cortejo procesional, pero las excepciones de siempre nos siguen llamando poderosamente la atención.

A mí al menos una me ha consternado. La de Resurrección, máxime cuando en dos ocasiones hice un completo estudio al respecto e indicara a su Junta cómo debieran llevar los enseres del día. Pude además ojear a posteriori el que hiciera otro hermano oficial, José Enrique, desde su labor en la priostía. Acertado este, sirvió como los míos... Para nada.

Pero en nuestros cortejos, la tónica general no es ya esa, a Dios gracias, sino la falta de nazarenos, peligrosa falta de nazarenos que encuentra varias respuestas al respecto: de un lado, falta de tradición. A ello sumo algo fundamental, la educación de las familias cofrades. Al niño le enseñamos desde pequeño que debe seguir los pasos heroicos de un padre que es costalero. Conozco a muchos hijos de amigos que jamás vistieron la túnica. Primero los disfrazan de acólitos sin servicio alguno. Si fuésemos un poco más inteligentes, sabríamos que el lugar de un niño pequeño puede que no esté en el cortejo, y que cuando llegue el momento, el niño debe vestir la túnica de la hermandad. Pero no, en cuanto el niño se desprende del roquete y la canastita con los caramelos (que se comen ellos mismos, porque no he visto jamás que nadie ofrezca ese caramelo a otro hermano del cortejo, y espero que tampoco hagan a la murciana, y los vayan entregando entre el público) lo volvemos a disfrazar, pero esta vez de algo que sí me produce sorna.

El niño entonces, ansioso de emular a los mayores, se coloca sudadera, pantalón, calzado y costal, y acaba al lado de una de las patas del paso. No entenderé jamás que alguien que puede cumplimentar con el total de la Estación de Penitencia, en una ciudad de verdaderas carestías en filas, no lo haga bajo indicación paterna donde más lo necesita su Hermandad, porque al igual que un joven puede tener deseos de conducir y ningún padre en su razonable uso de conciencia lo pone al frente de un volante, tampoco creo que un chaval, pre adolescente, o del antaño llamado grupo de los “CE” (once, doce, trece, catorce y quince...) esté en condiciones de meterse bajo un paso y por ende, de disfrazarse de lo que no es, de que llegue antes de tiempo lo deseado. Me parece absurdo.

A eso, sigamos sumando deficiencias importantes. Nuestras hermandades no andan. Abusan del recorrido. Hacen interminables los regresos. Desde hace unos años Resurrección es la única que procura dar las menores vueltas posibles, pero en un Zaidín donde sus hermanos se quejan prodigiosamente de lo mucho que andan (que a veces te dan ganas de decirles que para no pintar nada en Granada, siempre bajo sus expresiones, que no vengan y se ahorran tal sufrimiento), cuando tornan al barrio, parecen trompos buscando calles estrechas y recogidas. ¡Almas de Dios! ¿No se han dado cuenta que fueron fundadas en el urbanismo más contemporáneo de Granada y que eso, no es fácil? Que digo yo que si quieren recolección en la trama urbana, el Albaicín, cada vez más despoblado y con unas pocas iglesias cerradas, es un sitio idóneo para ello. ¡Lo que yo digo, no sabemos lo que queremos, como el chiste famoso que cuenta tan bien Perico Segura!

Esas horas innecesarias que supone regresos a altas horas de la mañana, restan hermanos en filas. No puede ser que Resurrección tarde en completar su estación de penitencia ocho horas menos diez minutos, y la hermandad de la Concepción, que evidentemente tiene menos recorrido, ocho horas y cuarto. Con el handicap de entrar en su Monasterio a las cinco menos cuarto de la mañana. Máxime, siendo Jueves Santo y sin impedimentos para salir antes y procurar que la madrugada, coja a los hermanos en casa.

Como tampoco que los relevos duren tanto. Se eternizan. Uno para el paso y hay veces que hasta que no suena de nuevo el llamador, puede haber transcurrido perfectamente más de diez minutos. Y pruebas de ello hay. Como cuando una hermandad decide retrasar hasta una hora su salida por riesgo de lluvia, y luego es capaz de recuperarla. Entonces es cuando hay que decirle a la Hermandad en cuestión que si han sido capaces de andar con esa premura, llevan años engañando.

Estoy haciendo las cuentas, y pocas hermandades tardan menos al regresar que de Catedral a su Templo, que e que emplean de ir de su Templo a Catedral. En algunos casos, con idénticos recorridos. En otros, levemente más largos. Y en otros, artificiosamente más complicados. No lo entiendo, si además son luego estas hermandades las que se quejan de sus muchas horas en la calle, o sus costaleros los que enarbolan la bandera de la virilidad y suelen espetarte en la cara: ¡claro, si yo estuviera seis horas, hacía pompas de aburrimiento! Que te dan ganas de decirle: “pues si tan molesto es estar diez en la calle, apúntate a ajedrez, o a un club de realidad virtual, porque no entiendo que estemos todos llorando por pasar el mayor tiempo posible bajo un paso, y tú lastimoso, quejándote por esa situación”.

De la misma manera que la tardanza en relevos, lo tarde y lento de las entradas y las múltiples paradas y excesos de alargamiento del recorrido pasan factura, van desanimando al nazareno a vestir al año siguiente la túnica. Luego, no nos engañemos, somos proclives a considerar una heroicidad la costalería, sobrevalorada en exceso en estos últimos años. Soy costalero y defenderé la poética del costalero, pero creo que es hora de apoyar con más ímpetu al nazareno. Nuestras Juntas de Gobierno tiene que emular a aquellas de los primeros tiempos, que se deshacían en elogios y cuidados a sus cuadrillas costaleras (entonces balbucientes) y cuidar al nazareno. Miren una cosa está clara: sin costaleros, aunque restando estética y arte, pueden salir los pasos. Pero cuando una hermandad no pueda defender su discurso plástico mediante los nazarenos, entonces no se podrá salir. Si uno no lleva todo un mensaje alegórico a través de insignias y separa por tramos, y distancia uno de otro paso con la longitud necesaria para que no se mezclen sonidos y músicas, entonces esto tocará a rebato y morirá el sentido e incluso la existencia de las Hermandades en la calle.

No podemos engañar como hacen algunas hermandades. No quiero dar más nombres, pero distanciar ¡hasta en treinta metros! una mantilla de otra, es cuando menos, de risa. Ojalá tuviéramos aquí la posibilidad de apilar nazareno con nazareno (bueno sí, lo vimos en Rosario, y según la Diputación Mayor de Gobierno de San Agustín, lo íbamos a ver el Lunes Santo), pero como otra Hermandad del Miércoles Santo, no podemos hacer: cada nazareno se llevaba con respecto al que lo antecedía, espacio suficiente para aparcar una berlina de las grandes, tipo Mercedes Clase E (ea, publicidad gratuita, generoso que es uno).

Nos falta un poco de seriedad en esto. No cuesta nada, mandar una carta de agradecimiento, especialmente dirigida a los nazarenos. Los pequeños gestos calan y gustan. Porque no hablo de mantillas, que a la vista un año más, se sostienen por un modismo estético que tiene más que ver, en reglas generales, con la posibilidad de ser vistas que con el ejercicio de la penitencia como integrante de un cortejo. Sí, sé que me dirán algunos que su mujer, su novia, su madre, su hermana o su prima la coja, va por devoción. Lástima no tener fotos que comprueben dónde, mayoritariamente, residía la devoción de algunas. O hacer la prueba y en vez de colocarlas en el privilegiado lugar que antecede el paso de palio (que debiera ir reservado a los nazarenos más antiguos), se colocaran en otro sitio. Eso ya pasó en algunas hermandades y se comprobó el alarmante deceso de hermanas camareras en la Estación de Penitencia de otro año. A lo mejor es que uno es muy mal pensado.

Pero no nos engañemos. Yo, en un relevo, puedo fumar. Yo, en un relevo, puedo ir al servicio. No estoy atado bajo el paso a la limitación de la compostura que me obliga la túnica y los diputados de tramo. Puedo en un relevo comer, beber, cantar... No tengo ni sufro la soledad incesante de un nazareno que deja de comunicarse con el resto del mundo, desde que se coloca el antifaz hasta que no se lo retira. Y si además es un hermano de veras, irá y regresará con él puesto, alargando la penitencia de la jornada.

El costalero y la mantilla, en cuanto se despojen de sus avíos respectivos, saldrán de la Iglesia con el aire de la importancia de haber visto y haber sido visto. Los costaleros llegamos a las acumulaciones de gente, cuando esperamos nuestro lugar de relevo, con la suficiencia de ser alguien fundamental, la pieza engrasada de toda esa maquinaria de teatro (sacro, pero teatro) que llamamos Semana Santa. El nazareno, y lo pude ver el Lunes Santo, llega, obedece, calla, medita, y se marcha, con el anonimato por bandera. Y ay amigos, esa es mucha más penitencia que ir mal igualado debajo de un paso. A la vista está, que ya casi somos más costaleros (¿1.500? ¿Tal vez 1.800?) que nazarenos (una generosa media de 70, teniendo en cuenta la que llega o supera los 200 y la que no tiene más que veinte o treinta) y porque algunos, no tienen por exceso o defecto, edad para estar bajo un paso.

Necesitamos incentivar la figura. Tal vez con el ánimo. Reduciendo el coste de la papeleta de sitio (en algunas hermandades, sino en la mayoría, es más caro ser nazareno que costalero, cuando ser costalero implica una posición de privilegio que habría que costear), felicitando por carta a quienes han cumplimentado con el antifaz la estación de penitencia, u organizando un pregón del nazareno. ¿Por qué no? Me imagino que no a pocos le chocaría hace 31 años conocer que se iba a dar el Pregón del Costalero. Y si en Málaga está el de la mantilla, no veo un dislate tal convocatoria. Total, con la cantidad que nos sobra, una más, puede ser más beneficiosa que muchas que existen.

De veras, tenemos el mayor de los problemas. Tal vez porque cuando ha empezado a resurgir como principalísima ciudad cofrade esta Granada nuestra (hacia 1995, antes no), teníamos que ocuparnos de la grave deficiencia patrimonial que teníamos. Ahora, que hemos andado un mundo entero si miramos atrás 15 años, tendrá que llegar la hora de preocuparnos por los hermanos, en vez de sangrarlos económicamente. El tan manido (e hipócrita) término del patrimonio humano, va a tener que llevarse a restaurar, de aquí a muy poco, o nos quedamos sin él.

3 comentarios:

Obispo dijo...

Granada, en todos los aspectos cofrades, aunque en agigantados pasos, esta madurando. Sabemos qu equeda mucho que hacer y que sentir, pero no discutamos en que miramos desde hace 12 años hacia acá y ha cambiado a mejor.

Esperemos ser, qu elo somos, participes de esta nueva etapa de mejora de futuro.

Francisco Abuín - Christi Passio dijo...

Los Avangelios David.. una vez más, chapó... es lo que pensamos muchos cofrades.. el Patrimonio humano está en desuso... pero el patrimonio nazareno no se sabe ni que es lo que es...

Un abrazo, artista... y de mi carta seguimos sin saber nada de nada... para tu información.

Anónimo dijo...

Lo de la Resurrección, David, de vergúenza, más cuando un hermano, diputado de calle, iba a "recolocar" las insignias al salir del templo y el Diputado Mayor de Gobierno (Fiscal General en nuestra Hermandad), le indicó que el que mandaba era él... así que, ni te cuento.
También destaca el hecho de que la Hermandad la presidía, desde la época fundacional, el Cirio Pascual (de lo cual dio cuentas el Boletín de la Hermandad y su justificación teológica); este año la preside la Hermana Mayor, eso sí, al menos en Carrera Oficial, detrás de los ciriales (toma ya!).
Insignias de culto no acompañadas de cera y el cuerpo litúrgico (dependiente ¿o no? del Vocal correspondiente) a su amor...

Lo dicho, en castizo, después de tanto tiempo, "pa' ir a mear y no echar gota".

Como siempre, muy acertado.

Santi Bueno.