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jueves, 25 de marzo de 2010

El Pregón

Está expirando la Cuaresma, y nos ha dejado como todas, una buena colección de oratorias que en clave de pregón, terminan por definir el género y provocan consideradas reflexiones. Vaya por delante que considero al pregón una parte irrevocable del mundo cofrade, necesario, literario y artístico. Un arte mayor en manos de artistas, de artesanos, de noveles, de uno que pasaba por allí y todo ello para un colectivo proclive, ensimismado o simplemente apático.

Antonio Rodríguez Buzón

¿Muchos pregones? Respondo con una reflexión que viene siendo tónica habitual en esta Alacena durante la presente Cuaresma: muchos y pocos con gancho. Diluimos qué es un pregón. Tal vez porque estamos saturados y porque todos hemos sufrido más de tres y de cuatro piezas de este tipo que hubiera convenido no haber oído jamás. El pregón, con acierto, dicción y teatralidad, transporta, evoca, transmite y embriaga. El pregón, con la única motivación de convocarlo por convocarlo, crea una fama que hoy día soporta el género.

Joaquín Caro Romero

Sí. Abogo por la dignificación del estamento pregonero. Creo que hace falta corregir el abuso en número y ello traerá una reducción de nombres cogidos al albur. No todos pueden subirse a un atril. Ojo, quien bien me conoce, sabe que nunca me consideraré pregonero, aunque haya dado unos 50 a mis todavía 29 años, por cuatro provincias distintas. Pero insisto, no todos debemos ni podemos subirnos al atril.

Romero Murube

A veces, es necesario preguntarse qué quiere oír la gente. Otras, echar mano de la creatividad. No podemos llegar a predecir un texto durante el transcurso de su lectura; le restaría frescura, espontaneidad, verdad. Y eso nos pasa. Los pregoneros no se devanan los sesos. No aprovechan para decir cuatro verdades bien dichas, y si lo hacen, es propio beneficio. De algo estoy seguro: nadie podrá acusarme jamás de haber usado el escenario para réditos personales, para denuncias personales. Pero creo que ha llegado ya el momento de decirle adiós a la ramplona simplonería de la belleza de nuestras Imágenes o lo bueno que es Dios. Hacen falta textos comprometidos, capaces de ahondar en el oyente. Es muy fácil pregonar una Coronación, pero tal vez no lo es tanto pregonar a una Hermandad con problemas económicos y que no le permiten abrir una puerta para salir con mediana dignidad desde su Iglesia.

Muñoz y Pavón

Es muy fácil apelar a la literatura barata, a la lírica del “Todo a un Euro”. Si para calentar las butacas hay que soltar barrabasadas del tipo: “aquí no pintamos nada”, se acabó la originalidad. Tampoco me gustan los textos donde el pregonero bucea una y otra vez en sus recuerdos, en sus intimidades cofrades. De acuerdo, el pregonero es el escogido y debe contar sus vivencias, pero si no consigue hacer de esas vivencias un sentir generalizado, el pregonero se está pregonando a sí mismo, si acaso a su más íntimo círculo. Y lo interesante d eesto, es que un pregón pueda ser universal.

Carlos Herrera

Aquí en Granada, pocas veces he tenido la sensación de que alguien recordara poemas (propios, no copiados de textos hispalenses) o fragmentos hasta el punto de hacerlos inmortales. Ha ocurrido con Antonio González, del que se han repetido partes de sus textos. Peco de vanidad, tal vez, pero no falto a la verdad: “hay costales en Granada con fragmentos de poemas míos...” Cuando algunos se acuerdan de estructuras, partes o versos de un pregón, este ha valido la pena.

Garrido Bustamante

Descuidamos la dicción, la puesta en escena. El pregonero debe sentirse en medio de un montaje operístico. Sus movimientos, su expresividad corporal y el juego y modulación de voz son los que terminarán por definir el texto. Podrá ser muy bueno (como era el Oficial de maestro Ángel Luís Sabador) pero mal presentado, queda huero. Y al contrario: sé de muchos que han hecho buenos textos impresentables.

Carlos Colón

Confío en que debe llegar el día que las Hermandades y colectivos convocantes, piensen que no todos pueden ponerse en la piel de un orador. Va a llegar ese día. En el mismo instante en que los que sí disfrutamos con este género, que sigo considerando una fórmula más de literatura, pero a un grado elevado por su compleja necesidad de representación, digamos basta, al sistemático maltrato que viene sufriendo. Si una Hermandad convoca un pregón, deberá ahorrarse la Banda, que no nos engañemos, está ahí para llenar lo que no llena el pregón. Oigan, si acudimos cuatro, cuatro hemos estado. Pero llenar el auditorio con quinceañeros de cabeza gratinada (ya saben, mechas tono pollito de feria) y piercing hasta en los nudillos, que buscan el solo de “La Pasión” para dejarse el resuello y la epidermis de las palmas aplaudiendo, NO.

El Padre Javierre
El pregón está maltratado. Porque ha pasado de ser enriquecido con un concierto posterior (o previo) a quedar inmerso en un acto multidisciplinar; es uno más del inmenso cartel de convocatoria, aunque se lea más grande eso de: PREGÓN. Tal vez porque no cuesta dinero. Porque nadie sabe lo que conlleva sentarse a meditar una pieza algo original, distinta, de correcta métrica, ritmo en los versos y apropiado léxico y texto medido. Vamos, para que me entienda: para las cuatro oratorias que he tenido que pronunciar esta Cuaresma, he compuesto 1.627 versos. Con el fin de buscar originalidad, diversidad (el día que tenga que echar mano a textos anteriores, dejaré de pregonar) y decir lo que me gustaría escuchar.

El Padre Iniesta

Hay que dignificar este género. Tal vez reduciendo su número (tan amplio que vulgariza), escogiendo mejor y tratándolo más equitativamente que hasta ahora. Confío en un ramillete de cofrades para disfrutar: la poesía sencilla y aplastantemente directa de Alberto Ortega. La frescura y simpatía de Fernando Egea. El irrefrenable ingenio de Álvaro Barea. El sorprendente estreno de Antonio Valentín. La original composición de Rafa Alcalá. La dicción particular y genuina de José Manuel R. Viedma. La aplastante puesta en escena de Antonio Muñoz Molina. Y el pregón, con mayúsculas, el pregón tantas veces robado, de Antonio González. De veras que confío en recuperar y dignificar un género vilipendiado por el exceso y por la falta de preparación de quien asume el riesgo. No se trata de hacer un panegírico de lo cultista, ni de aburrir a las cabras. Hay que conectar con el público, buscar poemas de temática novedosa (y es posible, sólo hay que intentarlo) y decirlo con la absoluta creencia que se está participando de una pieza, mitad literaria, mitad escenográfica, y por supuesto ensalzadora. A ver si hay suerte en el próximo curso cofrade.

3 comentarios:

monaguillo dijo...

Y cabe añadir algo más. El público está tan "adoctrinado" de lo que debe ser un pregón "buzoniano", que cuando se les presenta una maravilla como la de Barbeito este año... demuestran su catetez vilipendiando al pregonero porque "no ha nombrado a la mía".

A base de escuchar vulgaridades se van quitando las ganas de asistir a este tipo de actos, que deberían ser evocadores. Sácame de la lista, que no merezco estar ahí.

Nos vemos ya en los días de la Gloria, amigo.

José M. Rodríguez Viedma dijo...

Muchas gracias hermano, por ponerme a la altura de tantos y tan buenos pregoneros. (No lo merezco) Todo lo más en tu lista, y no desprovisto de convicciones, encuentro que falta tu nombre para cerrarla quizás por completo. Como bien dices, que grande es la palabra pregonero y que lejana a la vez, para quien, y encontra de cualquier otra situación, enarbola sobre el mástil de la palabra un ¡He dicho! solo sujeto por la firme certeza de que el sentimiento, rubrica lo expuesto. Un abrazo. (Ya nos debemos muchos.)

El pregonero ya no es
lo que el mismo pregona.
Pues tan solo existió una vez,
quien a punto de llegar la hora
sintió la prosa nacer,
en cinco minutos de demora.

¿Más en que atril?
Amigo, hayamos la hora,
de no querer jamás decir
una vergüenza de Abril
hasta dejar desnuda, la sala sola.

Pregonemos mi buen ¡David!
Escribamos bajo las noches locas,
hasta que el viento nos haga decir
lo que nunca griten las bocas.

Quien nos lo iba a decir
que a la hora de irse a dormir,
¡Iba a pregonarnos la sombra…!

quinta columna dijo...

Qué razón tienes, hermano. El pregón ha caído a la categoría de encuentro social-cofrade-acontecimiento vip, en el cual, creo que el contenido interno del mismo, así como su construcción literaria ha dejado de ser la base o pilar del susodicho.

Últimamente me pregunto si el acto pregonístico se ha convertido en algo mediático antes que propiamente literario, sensible y bellísima manifestación de fe.

Por favor, recuperemos la verdadera esencia de un pregón, y asistamos al hecho con el verdadero propósito de abrir nuestros pabellones auditivos, y generar desde ellos una línea directa con el corazón, para poder saborear despacio, con reposo, cada una de las sensaciones que nos desee transmitir el pregonero.