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viernes, 30 de octubre de 2009

Halloween

Hace años me convencí que la estupidez del género humano puede ir siempre en aumento, pero con mucha dificultad se reducirá. Hace años, me convencí que esta sociedad buscará ídolos chabacanos (¡arriba la Esteban!) y circo contemporáneo (porque el cotilleo y programas del corazón, lo es todo en esta vida) pero no sabrá qué es la poesía existencialista. Hace años, supe, para no olvidarlo, que España tenía indicadores económicos que la convirtieran en país desarrollado, pero que eso no quería decir que fuera un país
culto, un país reflexivo, un país que pensara...
Expira octubre con decenas de niños, un buen puñado de adultos, quién sabe cuántos personas en realidad, disfrazados para una ocasión que no entiendo, porque no alcanzo a entender y porque creo que no me apetece. Aquella nación, poderosa en armas, raquítica en cultura, tan moderna que se ha tenido que hacer a sí misma, tan reverenciada como odiada, nos lega una exquisita y pomposa tradición de la que me excluyo motu propio, por delirante, impuesta y rara. Aquella nación que lo mismo es tildada de asesina, de invasora y de bélica, que exaltada como cuna de los progresos, costumbres y modos de vida de más de medio mundo, coloniza sin ejércitos las cabezas hueras y resecas de muchos españoles, que por estas fechas, cuelgan el cartel de "estulticia por bandera" sin pudor.
No se extrañe, lector, que sean los mismos que aplaudieron la falta de respeto de no levantarse ante la bandera de la nación que nos ha traído la tradición impuesta de estas fechas en las que estamos. No se extrañe que sean los mismos que, aprendidos dos movimientos, tocan la flauta del "no a la guerra", de batallitas del Vietnam, de discursos morales sobre la energía nuclear, el protocolo de Kioto y la desvergüenza yanki. No se extrañe, que esos mismos españolitos progres e instruidos, paguen el colegio privado, o se beneficien de amistades y enchufes para que sus hijos estudien en centros concertados, donde tuvieron que dejar de montar belenes en Navidad por respeto a la "aconfesionalidad estatal" pero que deben ondear el naranja de la calabaza irrisoria de finales de octubre.
No se extrañe si un conocido le habla de maquillajes, disfraces, decoración estrambótica... Ni si un comercio llenó sus techos, altillos y elementos de telarañas impostadas y murciélagos de papel. Tranquilo porque no es una oda a los absurdo, a lo kirsch, al mal gusto. Es simplemente, una tradición estadounidense sin sentido alguno en la Europa que nos acoge, menos aún en esta España nuestra, que llaman Hallowen. Una tradición de origen celta, que viene a sustituir, aplazar y conminar en el olvido, a otra que nació en el año 735 (gracias al Papa Gregorio III) y que desde hace 500 años, se repite en toda España, de manera sentida y severa.
El 1 de noviembre, ha sido siempre el momento de acordarnos de los que pasaron por este mundo sin reconocimientos; de aquellos que nunca han sido elevados a los altares, y que tampoco les hizo nunca falta. De aquellos que hicieron el bien y ayudaron a convertir este mundo en un sitio mejor. El 1 de noviembre, no ha sido el de la resaca tras pasar toda la noche bebiendo, disfrazado de esqueleto, sorteando calabazas que suspendían del techo, y con un fino hilo de maquillaje, comisura de los labios hacia abajo, cual reguero de sangre... Ha sido el día en que nos hemos acordado del "Padre pateras" (el franciscano Isidoro Macías), del padre Vicente Ferrer, que muriera no ha mucho, de Fray Leopoldo el de Alpandeire, o de hombres buenos y rectos, justos y cabales, que "siempre tenían que acostarse haciendo una cosa buena", como mi abuelo, Manuel Jiménez Noguera.
Todos estos, santos sin altar, sin calendario, hemos celebrado desde hace 1274 años, como para que ahora una calabaza, un esqueleto y una fiesta de tienda de todo a un euro, pretenda borrar un sentimiento moral, ético y positivo de un plumazo. No es sólo una cuestión religiosa o una misa católica. No es un nombre rimbombante al que poner a un Borbón cuando nace. La fiesta de Todos los Santos, homenajea a budistas, musulmanes, cualesquiera de los cristianos que sea, judíos, hinduistas, agnósticos, ateos... Reverencia y homenajea a las personas justas, buenas, éticas y de corazón, que hicieron lo que en su mano estaba para hacer de este mundo, un espacio mejor donde vivir. Como hizo mi abuelo, en los años que le dejaron estar por estos lares.
Por eso, cuando al pasar ante esas chabacanas reuniones de objetos kirsch en el que se ha convertido una tienda regentada por chinos de "Todo desde un euro", o al cruzarme con un niño que no sabe que el Carnaval hispano tiene siglos de historia y es en febrero... se me encoge el alma. Fiesta en honor a buena gente, cambiada por Fiesta americana, metida con calzador, con un antifaz de bruja, colmillos postizos y maquillaje hortera.
Brindo por ustedes. En el frutero de mi casa, castañas de la Alpujarra, boniatos... Esta Alacena huele a membrillo, que espera para que mi madre, como aprendió de la suya, como esta de la suya, hagan de él carne dulce y cobriza. Levanto una copita fina y tallada, ancha y baja, de anís dulce. Veo con estupor el desfile incongruente e inculto de disfraces, monstruos amables y tradiciones foráneas metidas con calzador. Mi madre me avisa que las coronas ya esperan. Si el 1 es el de Todos los Santos, el 2, mi casa (como otras tantas) sigue recordando que los que se fueron, nos dejaron mucho en la memoria, mucho en la cabeza, mucho en los jirones del alma.
Brindo a cada sorbo quedo y reposado de mi copita. Ya no se caerán las hojas de los castaños de Indias del motrileño paseo de San Agustín, ni este año caen, a pesar de las fechas, las de la Carrera de la más grande. Brindo porque entra noviembre, que es dichoso por nacer con Todos los Santos y salir con San Andrés. Brindo porque millones de españoles, siguen aún pensando como yo.
Y me emociono porque en este mes, hace 20 años, una mujer tuvo mucha bulla. Decía y dice la ordenanza que había que esperar cinco años para poder abrir el nicho. Y eso esperó, justo eso. Porque se fue con él que para ella, lo era todo. A nosotros nos dejó huérfanos, solos y desamparados, como nos dejó su marido cinco años antes.
¿Cómo es la Gloria, María? ¿Es Cabeza igual que la del Cerro? ¿Cómo está Escribano? ¿Y Linares? ¿Y el tío Pepe, María, Rafael, Lola, Concha, Mercedes...? ¡Pues no estarás contenta!... Con Él, el que nos da y nos quita y nos protege y nos acoge... Pero más porque siempre, para siempre, por siempre, estás con Manuel. Con mi abuelo Manuel, ese que no supo nunca de Halloween, pero cada 1 de noviembre es su día y el del resto de Todos los Santos.

1 comentario:

Ralph dijo...

Es una lastima que en pro de un estado aconfesional se nos prive de tradiciones centenarias mientras en los colegios se fomenta Halloween o Papa Noel, dos fiestas sin arraigo que se están adoptando a base de inculcarlas a los más pequeños.