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sábado, 1 de agosto de 2009

Disparar con pólvora de rey


La expresión significa que cuando alguien hace un gasto que no le repercute directamente, o bien ejecuta una actividad o lanza una fanfarronada a costa de un segundo, deja claro que si el gasto, o el gesto, hubiera corrido de su cuenta, no lo hubiera hecho con tanto estipendio. Últimamente, se aplica con bastante acierto, a los gastos o sueldos del funcionariado, de nuestros gobernantes, que "disparan con pólvora de rey" porque e dinero proviene de todos y no de bolsillos particulares.

Para entender su origen, debemos remontarnos a los Tercios españoles, que, formados casi en su totalidad por profesionales, estos debían incluso hasta costearse la munición que iban a gastar en la lucha, de modo que cuando recibían materiales a cargo de la corona de España, solían disparar con mayor largueza, sin importarles el derroche de proyectiles, dado que disparaban con la pólvora del Rey, es decir, del Estado, y no con la suya propia.

Los tercios españoles deben su nombre a la Legión Romana. A diferencia de esta, que dividía sus fuerzas de choque en grupos de 3.000 hombres (las tercias), los españoles dividían sus efectivos en "trozos" de ejército. Como quiera que este primer ejército profesional de la historia moderna, el español, estuviera en aquel momento en suelo italiano, bajo el mando de don Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán, a esos "trozos" de ejército se les llamó "tercias". Y de ahí su nombre.

Cada tercio español se dividía en 10 compañías de 300 hombres. 8 de ellas, eran de piqueros, dos, de arcabuceros. En Flandes, los tercios españoles se dividieron en doce compañías de 250 hombres, con lo que de nuevo, tenemos la cifra de 3.000 soldados por cada tercio, al igual que en época romana. Pero el ejército español era un variopinto grupo de múltiples nacionalidades, donde el 50% eran españoles, y el resto valones, alemanes, italianos o suizos. Precisamente a las compañías formadas en exclusiva por españoles, más temieron los enemigos de España. Era un núcleo selecto al que se le encomendaba las tareas más arriesgadas y se granjearon fama de valentía y de peligrosidad. Provenían en exclusiva, de Castilla, Andalucía, Aragón y Navarra.

No siempre recibían a tiempo la soldada, la paga asignada y que recogía un documento que firmaban antes de ingresar en el tercio. Curiosamente, en algunas ocasiones, los tercios tardaron hasta 36 meses en cobrar. Tres años abandonados a su suerte, y en ninguna ocasión, produjeron un motín contra sus superiores, el Rey o la propia España, sino que se amotinaron para producir saqueos descontrolados en las poblaciones. Nunca se podrá poner en tela de juicio la fidelidad y patriotismo de los tercios, aunque sí su mal definida leyenda negra, a veces creada en base a sus múltiples atropellos.

Invencibles en centenares de batallas, temidos por todos, en pocas ocasiones se rindieron, aún estando en considerable desigualdad de fuerzas respecto a su enemigo. Se jactaron siempre de ser un Tercio español, y su grito de guerra, ha pasado a la historia: ¡Santiago! ¡Cierra España!

El ejército español ha sido pionero también en crear el primer cuerpo de Infantería de Marina del mundo. Aunque nacieron a raíz de la Guerra de Granada, su fecha de constitución fue 1529. Duraron 175 años, hasta que el Imperio Español perdió toda importancia, pasando de ser la nación que gobernó el mundo, a quedar a merced de franceses o ingleses. Esto ocurría en 1704, y como herencia hoy, nos queda un escasísimo territorio de menos de 7 kilómetros cuadrados para oprobio de los españoles: Gibraltar en manos inglesas.

De la fidelidad, inquebrantable sentido del honor y valentía, queda poco en la expresión. Hoy se dispara con pólvora de rey, si la esposa de un presidente tiene que hacer dos gorgoritos y a su disposición ponen un avión del Ejército. O si el propio presidente, coge uno para seguir dando sus mítines mentirosos. Hace siglos, los españoles y los que luchaban con y por España, dispararon, en nombre de la Patria y del Rey, con mucha pólvora. Eran otros tiempos cargados de algo que hoy escasea: HONOR.

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