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jueves, 2 de julio de 2009

París bien vale una misa

Proseguimos con aquel apartado de esta Alacena que pretendía bucear en el sentido y significado de algunas expresiones enraizadas en el refranero español.
En esta ocasión, París bien vale una misa, es expresado cuando se quiere hacer constar que merece la pena hacer un esfuerzo si la recompensa es grande, interesante, anhelada o esperada.
Se le adjudica al rey francés Enrique IV. Se trata del primer Borbón en el trono de Francia, hijo de la reina heredera del trono de Navarra, la reina Juana. Bautizado católico, su madre (francesa) lo convirtió al calvinismo. Se casa a su pesar con la hermana del rey de Francia, Carlos IX y pasa a ser primo del heredero Enrique III, a quien sucede en el trono
franco.
De rebote rey, pues en aquel momento Francia se debatía en guerra entre católicos y protestantes (los hugonotes), su designación como heredero suscita la guerra de los tres Enriques: a saber, el cabeza del partido católico, mandado asesinar por el rey Enrique, y nuestro protagonista. Así las cosas y tras la ayuda de Catalina de Medicis, el rey viendo cómo los católicos ganan la partida, se convierte de manera hipócrita a la fe católica en 1576, viendo peligrar su vida.
Cuando sube al poder en 1589, España merced a su rey Felipe II, desea Francia. La hija (y nieta del todopoderoso Emperador Carlos) de Felipe II, Isabel Clara Eugenia, es nieta de Enrique II, sobrina de Francisco II, de Carlos IX y de Enrique III, y le corresponde, de no ser por la ley sálica francesa, ser reina del país galo. Esto, unido a la presión de la Liga Católica, impide que el comienzo de su reinado sea en toda la extensión nacional, y a no hacerse con París, la capital, quedando en desventaja por su condición protestante, lo obliga a convertirse un 25 de julio de 1593 con las palabras que han dado lugar a esta entrada: París, bien vale una misa, que no es más que su refexión de como un calvinista se disfrazará de católico con tal de llegar al poder.
No obstante, se cree que su conversión fue producto de un suceso durante una cacería por Fontanebleau, cuando era el único en escuchar ruidos, algaradas, trompetas y ladridos de una cacería paralela; él fue el único que veía a un personaje que le repetía: ENMENDAOS. ¿Sería San Huberto como dice la Iglesia? Porque se cree, fue una trama urdida por el nuncio papal en Francia, con el complot de cuantos asistían al rey en esta cacería, para hacerle creer que él únicamente era el que oía y veía a otros cazadores, y que el montero mayor, le reprendía con las palabras... ENMENDAOS. Lo cierto es que, leyendas y explicaciones léxicas aparte, París, bien vale una misa, sí señor.

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