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martes, 3 de marzo de 2009

Sentencia, siempre Sentencia


Veinte siglos, dos mil años.
Episodios de vergüenza.
Señor, pasa la vida
y aún se escucha tu “Sentencia”.

Aún se vive, Cristo nuestro
en aquellos que se dejan
el Estrecho a las espaldas,
cabalgando la patera
que avanza hacia el Paraíso
del Edén de la Miseria
y al llegar a nuestras costas
ya les leen una “Sentencia”.

Y se preocupe y maldice,
se solivianta y se queja
de una crisis que si existe
es cobarde y embustera,
porque el único azotado
en las colas de la pena,
es el que llora un trabajo
mientras en su casa acecha
dolor, que cobra en sus hijos,
el hambre de la “Sentencia”.

Y allí, en tu pueblo norteño
de carlistas, gente buena,
a orillas del Bidasoa,
un Nervión de agua negra,
las Vascongadas se pintan
del color de la inocencia
con que el crimen de la nuca
de la sanguinaria ETA,
pone a los tuyos, Señor,
día a día, una “Sentencia”.

¿Dónde estás Cristo Jesús
que nuestra vida se vuelca
y se tiñe y se convierte
y nos asusta y asquea?

Que un malparido y maldito
nacido en cuna tan buena,
esa Sevilla cofrade
que no faltará a su promesa,
¿por qué?, Señor, se pregunta
(y se muerde en la conciencia).

Y te busca en los altares
y llora tanta inocencia
de Guadalquivires rojos
que ahogaron vida tan tierna;
un criminal asesino
a toda España golpea
el día que fue a tu encuentro
(¡diecisiete primaveras!)
la niña Marta, la niña...

Que ya se acuna a tu vera
sorprendida por la muerte
en tan malvada “Sentencia”.

Jesús, la tuya sería
la principal y primera.
Pero tras la tuya vienen,
actualizan y golpean
tantos crímenes sin nombre,
tanto oprobio, tantas duelas,
tanto dolor, tanto odio.
¡Cada día una “Sentencia”!

Porque un litro de petróleo
(si no un capricho de América)
escribe en color de sangre,
sobre centenarias piedras
del Oriente deprimido
de la antiquísima Persia,
su conocido mensaje
y su ominosa “Sentencia”.

Te miro Cristo, y no veo,
en las hebraicas herencias
al judío sin compasión
que en Gaza, dictó “Sentencia”.

Y te veo por Almanjáyar
porque hasta en verano nieva
allí donde droga es
la más guapa de la fiesta.

Y sé que la has hecho tuya
y te duele y te atormenta
la asesina caravana
que no se turba ni tiembla,
predicando el homicidio
como una injusta condena
a las miles de criaturas
que no han nacido siquiera
y mueren entre doctores
que medican su “Sentencia”.

Señor, ya llevas dos mil
años de penitencia;
leyéndote cada día,
hambre, dolor, muerte, guerra
y dictándole a tus hijos
(que es dictar a tu presencia)
dos mil años de injusticias
que van sumando “Sentencias”.

Te he visto sobre tu paso
entre dorados y ceras;
entre tallas, entre marchas
y labores costaleras.

Y tu Hermandad no nos trae
sólo la bíblica escena
del Palacio del Pretor
de Pilatos en Judea.

Tu paso, Cristo, es el paso,
de toda nuestra “Sentencia”.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Sin palabras hermano, me deja usted sin palabras.
Es cierto que el buen perfume va en frascos pequeños...
Lo ha leido toda la oficina y a logrado poner los pelos de punta al más pintado...
Leerlo siempre es un placer.
Un abrazo.
Pitu