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miércoles, 1 de abril de 2009

¿Qué es un costalero?


Aplausos yo no los quiero;
ni vengas a dar palmadas.

Vale más mi anonimato,
que mi trabajo se paga
con ir con Dios y María
por las calles de Granada.

¿Aplausos, dices? Los odio.
Y el que aplaude en una marcha,
el que se deja la piel
en satíricas palmadas, 
que sepa que sobre mí
va quien las tiene ganadas,
que mi oficio no merece
más voz que una voz callada
y sentirme que he cumplido
con los míos y mi carga.

Aplausos de nuevo... aplausos...
Mentiras para el que ansia
disfrazarse de importante,
vendernos sólo falacias,
con costales de colores,
camisetas de tirantas,
dobleces de pantalones
y modas que poco o nada
lo van a hacer costalero...
¡Trabajar como Dios manda!

Más aplausos de incultura
a una “levantá” mal dada.
O aunque haya salido bien.
¡Eso no tiene importancia!

Venga, aplausos que no cuestan...
¿Comodidad o elegancia?
¿Cuándo la comodidad
fue sinónimo de chanza?
Póngase cómodo, claro
pero haga lo que haga,
que no sea para que todos
vean como se disfraza
de héroe del masculinismo,
mientras Cristo es el que pasa.

Aplausos, muchos y muchos
para usted, porque me basta
el aplauso que no suena
de quien siempre me acompaña,
a mi vera, hombro a hombro,
sin más premios que el que calla
y disfruta del momento
costalero. ¡Casi nada!

Le aplaudo a Pepe Juncal
juncales que son la saga
donde se es costalero
de verdad. De la Esperanza.

Le aplaudo a Rafa Alcalá,
erudito de la gracia.
Y le aplaudo a los Marín,
de condición escolapia.

Por supuesto a los Morente. 
Y aplaudo siempre al que labra 
hermandad sana y certera
de la mesa a la zambrana.

O a aquel que no necesita
de tu aplauso, de tus falsas
vestimentas irrisorias
que no están justificadas
y al que es capaz de morir
por el que al lado trabaja
por el bien de todo un grupo,
por el de encima, el que manda
y por supuesto por el que
quiere a su madre. A Granada.

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