Visitas

martes, 20 de mayo de 2008

La Feria de Granada, por David García Trigueros

Granada está de fiesta. Sus calles, sus plazas, su gente, está expectante y la alegría habitual se ve acrecentada en estas fechas – oscilante y tendida a los ciclos lunares – para vestirse otro año más de gala. Sacarán los hombres sus trajes de lino o de frescas telas con claro sabor veraniego, se anudarán al cuello sus coloridas corbatas y se pringarán el pelo con brillante fijador que les fragüe el pelo. Las mujeres dejarán relucir sus esplendorosos trajes de faralaes, sus alhajas feriales y se pondrán bien monas para ir primorosas a engalanar en el Ferial con su presencia. Estamos de Feria, señores.

Toda manifestación folclórica va antecedida – al menos toda aquella que se precie – de un marcado modus operandi que la distinga por su sabor añejo e inclusive, por qué no, anacrónico. Eso es lo que mantiene viva la esencia de la España cañí (esa España que fue) y que hoy tan a menudo vemos azotada con virulencia por los estratagemas de la calaña política que nos rodea. Cuando es tiempo de Feria el ambiente, como decíamos, se torna en un torbellino de colores, de sabores, de olores que hacen que la gente, inconsciente pero a su vez concientemente, reaccionen con una actitud más que favorable para la algarabía y la fiesta.

Granada deja florecer sus parques, brotar la frescura de sus fuentes, regalar el aire cargado de historia en el empedrado de sus plazas y callejones. La gente vive con ello y para ello. Días ha que los preparativos empezaron. Primero con el alumbrado de las calles, las lonas cerveceras que apaciguarán la calorina al paso del Santísimo Sacramento en la mañana del jueves, luego con las guirnaldas colgando por los balcones; las cofradías aprovisionándose de todos los elementos necesarios para rendir homenaje con sus altares a la imagen de Dios resucitado y presente en la Eucaristía y así, hasta que al lunes que antecede al día grande, se encienda el alumbrado en el recinto ferial y explote la ciudad en una semana de fiesta, de baile, de música, de toros…


Y es que en los toros haya Granada, en los últimos años, uno de sus grandes alicientes turísticos en estas fechas, que aunque las ferias siempre traigan gente un buen programa taurino ayuda a que el aficionado foráneo decida quedarse unos días de más en la Ciudad de la Alhambra pudiendo, incluso, que en otro año corra la misma suerte y haga de ello una constante en su vida como taurófilo. Aunque lamentablemente Granada tiene una visión demasiado particular de lo que es la Fiesta de los toros. El granadino – véase el homo granatensis pueblerinus - , por costumbre, suele pronunciarse como ser avezado y doctor en la materia de cuanto fluctúe en el ambiente que le rodea y por ello no es de extrañar que con estrepitosa habilidad meta la pata – "para la jodienda no hay enmienda" – y suela considerar como válido aquello que emana de su propia sangre sea o no sea realmente y en visión de los cánones y estereotipos artísticos adecuado. De ello da fe el espectador, que no aficionado (aunque déjate estar con más de uno), a los toros.

Señores, planteémonos seriamente la cuestión de los toros si es que en verdad nos interesa. Acaudillado se haya tras una ilegítima mafia el empresario de la Monumental de Frascuelo y Plaza de toros de la Real Maestranza de Caballería de Granada (que aunque sólo sirva para colgarse las medallas en el pecho, existe) que utiliza, malcría podríamos decir, a quienes por voluntad propia o ajena acuden apacibles a contemplar una corrida de toros. Aquella legendaria plaza que viera a los grandes toreros de la Época de Plata de la tauromaquia hoy sólo se arrodilla con pleitesía ante el torero de la charanga y de la pandereta, el que hace una chirigota (con cuplé y pasodoble incluidos) del bello arte que representa el toreo, ese atípico duelo cargado de un milenario arcano donde se admira a la muerte y a la vida por el módico precio de una barrera de sol. En Granada - tierra beligerante consigo misma donde se enfrenta el cateto con el ilustrado y el jaranero con el mustio – prefiere su granadinista al torero farandulero, que al torero de rigor y clasicismo; al eral de cualesquiera presentación al toro cuatreño y con trapío.

Sumado eso al afán circense que despiertan los hoy conocidos como toreros de la tierra difícil es cambiar el rumbo que lleva el coso granadino y de una afición cansada ya de poner la mejilla y soportar impertérritos la lamentable incompetencia de quienes manejan el cotarro de los toros. Pero parafraseando al polifacético Eduardo Marquina entendemos el porqué de las cosas: Granada y yo somos así, señora. Y mientras el sentido común – que es el menos común de los sentidos – no impere complicado resultará el cambiar el proceder de las cosas.

¡Feliz Corpus a todos!
David García Trigueros
martes, 20 de mayo de 2008 A.D

No hay comentarios: