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martes, 1 de abril de 2008

Objetivo: matar a Franco.

A muchos les puede parecer raro, pero los primeros que intentaron asesinar a Franco fueron los falangistas. Y escogieron un día representativo, casi institucional y con una carga simbólica lo suficientemente amplia como para perpetuar la hazaña en las páginas de la historia patria. El día escogido no fue otro que el 1 de abril de 1941, justo dos años después del fin de la guerra y durante aquel vasto Desfile de la Victoria. Han pasado justo 67 años del primer intento serio de asesinato del General Franco, perpetrado, digámoslo groso modo, por los suyos.

El falangismo nació apegado a las pistolas, no nos engañemos. Desde un primer momento, sus militantes tuvieron más de pistoleros que de “socialistas conservadores”. El mensaje de igualdad y de atención a los más desfavorecidos fue rotundo, pero también el de exaltación de la virilidad y de la conquista de los fines mediante las armas. Cuando había acabado la guerra, el franquismo debía recabar una opinión internacional medianamente positiva, y un gobierno gestionado por lo que el General Franco llamaba: “chulos de algarada”, es lo que menos interesaba.

En la casa del general Emilio Rodríguez Tarduchy se sucedieron desde diciembre de 1939 reuniones clandestinas, secretas y atemorizadas por ser descubiertas de un núcleo duro y subversivo de Falange. Aquellas reuniones se nutrían de jefes locales y provinciales nombrados por el propio Primo de Rivera desde 1933 y no toleraban que aquel partido hubiera sido unificado, sometido y subyugado por el franquismo.

Las reuniones coincidían en algo: una bomba en la tribuna oficial justo cuando pasaran ante Franco las tropas en aquel Desfile conmemorativo de la Victoria de los nacionales. Pero muchos se opusieron a aquel proyecto sanguinario que hubiera acabado con el General, sí, pero también con decenas de asistentes, cargos y otros que no lo merecerían. Así que algunos advirtieron que había una función teatral muy sonada la tarde noche de ese 1 de abril de 1941 en el Teatro Español de Madrid, que contaba con la presencia de Franco.

Pero la dificultad de llevar a cabo la empresa, el miedo a las represiones posteriores y una inseguridad latente a que, una vez ocurriera el atentado, la dictadura no continuase perpetuada, abortó el plan. Fue el primer proyecto de asesinato de Franco, al que le seguirían no pocos y todos ellos orquestados desde la derecha y los que combatieron a su lado. Algo significativo, desde luego.

Honorable, Excelentísimo y Recto General Kindelán. 

Los principales generales del bando nacional tuvieron claro, un 1 de abril de 1939, casi 70 años atrás, que España debía restablecer la monarquía, dirigiéndose mediante carta a Franco en la que le espetaban sin pudor: “es ese «modo de gobierno genuinamente español, que hizo la grandeza de nuestra patria”. Meses después, comenzaba una de las persecuciones más implacables de la historia: borrar cualquier rastro de su pasado, su heroicidad en combate y la aportación fundamental que hicieron al ejército nacional. El detonante de todo fue que en esa misma carta, generales y coroneles, con el mítico Alfredo Kindelán (1879-1962) a la cabeza, criticaron abiertamente “el mando único”. Aquello, obviamente, fue el final de su carrera militar. Si acaso, de sus días tranquilos.

El General Aranda, otro monárquico convencido.

Desde aquel septiembre de 1943, cuando los generales y primerísimos oficiales de España deciden desmarcarse de la política de Franco, la dictadura purga con fruición la cúpula militar: destinos forzosos, degradaciones, destierros, encarcelamientos, pasar a la reserva, borrar el expediente y las hazañas de guerra... La situación se hizo tan insostenible para algunos, de una fidelidad monárquica indiscutible, que se urdió el más disparatado de los planes: la invasión de Hitler. Los alemanes ocuparían la Península para permitir la creación de un Gobierno monárquico en el exilio, que estaría presidido por el general Aranda (1888-1979), uno de los mayores defensores de la restauración monárquica.

El General Tella lo dejó muy claro: la guerra se ha hecho para que regrese la Monarquía.

Pero los servicios de información franquistas pudieron enterarse de los contactos que algunos generales mantenían con el Tercer Reich y primero el General Aranda, luego el General Tella y Campos y así un buen número de lo más granado del Ejército, se opusieron frontalmente a Franco. El General Tella le dijo sin remilgos: “no he hecho la guerra para que te perpetúes en el sillón, sino para restaurar la Monarquía”. Los generales empezaron a ser acusados de irregularidades, relegados, desechados o humillados, como Kindelán, monárquico y nada menos que padre de la Aviación Militar española.


Al poco, llegabas al Palacio de El Pardo el conocido como Manifiesto de los Diecisiete, firmado por los generales con la intención de restaurar a Don Juan de Borbón. Lo único que consiguieron fue su destitución y ninguno sobrevivió a Franco. Luego, los habrá que sigan diciendo que esta Monarquía, es hija del franquismo, cuando costó y muchísimo que regresara a lo que legítima y legalmente le correspondía: la jefatura del Reino de España, no la decoración de una dictadura demasiado larga. 

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