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martes, 11 de septiembre de 2007

Adiós amigo, adiós

Tenía esa mezcla de raza que le hacía solemne, duro, algo bronco y cabezoncillo, porque nada más y nada menos que un poco de setter y un mucho de cocker, le latía en ese corazón que se ha cansado hoy de seguir. Yo ya lo conocí con un mantillo de canas en sus pelambres negras, señal de que los años no perdonan; lo conocí con ese toque de personalidad de los suyos: independiente pero dócil ante el regaño.

La cara tristona no reflejaría jamás lo mucho que disfrutó. Cada vez que llegaba el pan, de mañana, puntual y tierno, porque para él iba el cuscurro crujiente y escogido. y para él las viandas más especiales, el arroz mejor dispuesto. Se ha dejado caliente aún el metro cuadrado de losetas de un suelo que vigilaba con celo; porque desde allí contolaba la puerta de entrada, para agradecerle la vuelta a casa a los suyos, o reñir a los intrusos, como ese primer día en que nos conocimos, cuando me dejó bien claro que me tenía controlado... Es que, nada menos que ne estaba atreviendo a acercarme a los suyos.

Pero en ese sitio, no solo veía y velaba la entrada del hogar, sino que en esa esquina del sofá, se sentaba su amo. Allí tenía la cercanía amiga del que lo alimentaba (aunque no llegara a comprender el concepto de cabeza de familia) y compartía con él el honroso puesto de "macho dominante".

Porque claro, su ama nunca se atrevería a negarle uno solo de los caprichos que se le antojara, ninguna cosa que en la cocina no pidiera con el soniquete ronco de su ladrido, ya pausado y torpón. Y los otros, los jóvenes, a los que debía la lealtad de la edad, a los que quiso proteger con exceso. Que alguien se atreviera a reñir a Jorge o a Nélida, que por mucho que fuera la que le daba la "tetilla de pan", no se salvaría de su reprimenda de ladridos.

Desde esta noche, a Soledad se le ha acabado esa compañía tan importante del que está sin decir nada, del que todo lo oye, sin entrometerse en nada. Ah, la tele da ruido, da color y da sonido, pero no da la vida de un bulto, una maraña de pelo y orejas, respirando al lado, a la vera del sitio donde siempre se sentara su amo Blas.

Esta noche, por primera vez desde casi una docena de años, no se dormirá con la compañía de los suyos, a los pies de la cama donde descansa su familia. Esta noche, por primera vez, no se enroscará en sí mismo, no se estirará ni se desperezará en el suelo del dormitorio que era tan de él como de sus amos. Ya respira bien, y tiene fuerzas de sobra para dar paseos por esa nueva carretera de Jaén que ahora está olisqueando.

Echa de menos que alguien le tire la piedra que busca y mordisquea, entre paradas para dejar bien claro que su territorio es ese. Tardará años para que Blas vuelva a lanzarle el primero de los pedruscos que encuentre por Almanjáyar, y ufano y contento, lo exhiba en esa boca que se hace pequeña ante tanto ojo redondo y expresivo.

Debe andar ahora marcando su territorio. Lo está llamando Roque, el bueno de San Roque, y, como hizo por Granada, casi una docena de años, meneará su rabo, duro e inquiero, el que chocaba con los paragolpes de los coches con la energía de siempre, porque el perro de Roque, no tiene lo que él sí, una fuerte cola que enseñoreó y con la que tantas veces dijo sin hablar nada, cuando estaba contento, cuando quería su pan caliente y recién horneado, o cuando algún intruso, como yo aquella tarde, se atrevía a sentarse cerca de los suyos, que quiso hasta morir.

Carmelo se ha ido a un cielo que Dios no le puede negar a un animal dócil, noble, respetuoso y obediente, aunque con ese toque de malafollá que le dio la tierra y de la que hizo gala. Cumplió el trabajo que le fue encomendado: dar amor a su familia, compañía a los suyos, y hacerse un hueco en una casa, que se ha quedado tan vacía, que le echa de menos a morir.

Carmelo está ladrando; ha encontrado manada nueva donde quiera que esté. Le gustaría estar ya acostado, cerquita de Blas y Maribel, y despertarse mañana con el lomo lleno de caricias y el cuscurro de pan de cada día. Pero ahora, allá donde se encuentra, le ha tocado ver a los suyos y dejarlos llenos de tantos años de compañía y de vitalidad, de nobleza a raudales, de ganas de juegos con piedras y paseos por los descampados cercanos, burlando coches aparcados y haciéndole las tardes agradables a Soledad.

"-¡Carmelo, no ladres, que es ya muy tarde!... Mira que a Roque no le gusta el ruido.
-¡Carmelo, oye, estate quieto, no le pongas las patas encima, que su perro se mosquea, porque él no tiene rabo!...
-Carmelo, venga, acuéstate, que mañana, San Pedro te dará tu cuscurrillo".